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¡Que llega Navidad!

Félix Mercado

¿Por qué celebramos la Navidad el 25 de diciembre? El calendario gregoriano, la cristianización de las fiestas y algunas tradiciones nuestras.
Julio César, allá por el año 45 a.C., decidió cambiar el calendario. Sus razones tuvo. El caso es que el calendario que hoy usamos en Occidente, es decir, una secuencia de 365 días, empezó ahí. El emperador se hizo asesorar por el sabio alejandrino Sosígenes para corregir las imprecisiones del calendario romano, y el resultado fue un cómputo de 365,25 días, acumulando ese cuarto de más en los años bisiestos. Controlar el tiempo ha sido siempre una necesidad del ser humano para regular su actividad, ya sea siguiendo los ciclos lunares o los solares, y a veces con connotaciones de otra índole. Tal ocurrió en 1582, cuando se reajustó el calendario a instancias del papa Gregorio XIII, cuyo resultado es la secuencia de semanas y meses que hoy utilizamos en estas latitudes (entre paréntesis: la comisión que lo elaboró se basó en las tablas de Alfonso X el Sabio, que, aunque no del todo exactas, daban al año una duración de 365 días, 5 horas, 49 minutos y 16 segundos). Digamos que sus motivaciones fueron de carácter litúrgico, pues la acumulación de pequeños desfases había llegado a desplazar tanto las fiestas litúrgicas, cuya normativa se remontaba al Concilio de Nicea (325), que había que reubicarlas. Y así, al 4 de octubre de 1582 le siguió el 15 de octubre: desaparecieron de golpe diez días. Si bien su adopción no fue inmediata, se ha ido implantando paulatinamente a lo largo de cuatro siglos, primero en Europa y luego en el resto del mundo. Grecia lo hizo en 1923. Con esta reforma las festividades de la tradición cristiana, unas fijas y otras móviles, volvían a situarse según esos puntos del ciclo del tiempo que toda cultura pone de relieve: los solsticios y los equinoccios. Así la Pascua (muerte y resurrección de Jesús), la conmemoración más importante, seguía en el primer domingo tras el plenilunio siguiente al equinoccio de primavera, como había establecido el Concilio de Nicea, y una fiesta de fecha fija como es el nacimiento de Jesús se reubicaba en torno al solsticio de invierno: el 25 de diciembre. Esta fecha había sido objeto de innumerables cálculos durante los primeros siglos del cristianismo y al final se impuso la tradición más extendida. La hipótesis más aceptada hoy remite a la fiesta solar del Natalis Invicti, que celebraban los romanos y que alcanzó mayor popularidad hacia el 274. Y probablemente no fue difícil asimilarla al cristianismo dado su peculiar simbolismo. De hecho, se conservan textos que así lo demuestran, como el de Crisóstomo: «Nuestro Señor también nace en el mes de diciembre, en la octava antes de las calendas de enero. Pero ellos lo llaman el “Nacimiento del Invencible�. ¿Quién hay que sea tan invencible como Nuestro Señor? O, si ellos dicen que es el día del nacimiento del Sol, Él es el Sol de Justicia». Hablando de asimilación cultural, es decir, darle un contenido cristiano a unas tradiciones ya existentes allí donde la Buena Nueva va llegando, a uno se le va la mente a lugares remotos, cuando en realidad tenemos ejemplos aquí mismo. Se conservan en distintos puntos de nuestra geografía tradiciones asociadas a la Navidad que nada tienen que ver en su origen con el nacimiento de Jesús.

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