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Vivir y crear estilo

Pilar Ferrero

Testimonio de Pilar Ferrero, zamorana de Tábara que se trasladó a Cataluña hace veinte años, contado en la Mariápolis del verano pasado.
Al llegar a Girona me di cuenta enseguida de que el pueblo catalán era muy distinto al mío y que su cultura difería de la mía. Las personas que iba conociendo, por ejemplo, tenían otra lengua, que forma parte de su identidad. Antes de venir no era plenamente consciente de esta diversidad cultural, pero poco importaba. Hacía tiempo que había aprendido que lo importante es amar a cada persona que me encuentro, y así lo hice en el intento de acercarme, de interesarme, de escuchar. Sencillamente entendí que si para el otro su lengua es importante, entonces yo tenía que hacer el esfuerzo de conocerla y hablarla. Y así, en la relación que fui entablando con los tenderos, con la repartidora del correo, con los que venían a casa a arreglar algo..., poco a poco fui aprendido el catalán de una forma natural y disfrutando de enriquecerme con una nueva lengua. Un aspecto cultural que me toca de lleno es la gastronomía, ya que, entre otras cosas, trabajo como cocinera. La cocina catalana fue un gran descubrimiento para mí y a lo largo de estos años he procurado aprender el modo de cocinar propio de la tierra que me acoge. Los mismos catalanes que prueban mi paella me suelen preguntar si soy del Empordà, una comarca catalana, porque el sofrito que hago es típico de allí. A veces vienen a decirme lo bueno que está el asado de cordero y a pedirme la receta, y entonces les digo que es zamorano y que lo hago como mi madre. En la gastronomía el intercambio cultural es sencillo y espontáneo y a través de las recetas entras también en la cultura de un pueblo. Con el deseo de conocer mejor el pueblo en el que me había asentado, empecé a participar en distintas actividades y fui entrando en el tejido social, que está muy desarrollado y cuenta con multitud de asociaciones, característica ésta muy catalana. Además de dar catequesis en la parroquia, empecé a colaborar con alguna de las asociaciones. Así me he ido dando cuenta de que esta gente es muy solidaria y que valora mucho la implicación social. De hecho, me ofrecieron la posibilidad de participar en política y acepté porque vi la ocasión de llevar la fraternidad a este ámbito. Desde hace dos legislaturas soy concejala en el ayuntamiento de Castell-Platja d’Aro, y los últimos dos años de la primera legislatura con responsabilidad de gobierno. No me han faltado ocasiones para vivir este compromiso de vida. Por ejemplo, gracias a un determinado proyecto tuve contacto con todo el tejido asociativo del pueblo. Fue una ocasión para escuchar a cada uno, ver qué proyectos tenían y qué se podía poner en común, coordinando las asociaciones para llegar a una experiencia de reciprocidad que les permitiera ser un don unas para otras. Organizamos una feria con casi todas las asociaciones en la que dimos a conocer las actividades que llevaban a cabo. Fue tan bien que repetimos al siguiente año con una mayor presencia de asociaciones culturales. Incluso las asociaciones de vecinos manifestaron su interés en participar.

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