Estimados clientes.
Desde abril de 2024, la revista Ciudad Nueva se ha fusionado con la revista Ciutat Nova, dando lugar a la revista LAR Esta página sigue activa para acceder a todos los números de la revista Ciudad Nueva.
No deja de ser curioso recordar que el famoso loco de La gaya ciencia, de Nietzsche, se pusiera a gritar «¡Busco a Dios!», precisamente en un mercado...
No deja de ser curioso recordar que el famoso loco de La gaya ciencia, de Nietzsche, se pusiera a gritar «¡Busco a Dios!», precisamente en un mercado. «Como estaban allí muchos que no creían en Dios, los gritos del loco provocaron enormes risotadas. “¿Es que se te ha perdido?”, decía uno. “¿Se ha perdido como un niño pequeño?”, decía otro. “¿O se ha escondido? ¿Tiene miedo de nosotros? ¿Se habrá embarcado? ¿Habrá emigrado?” Así gritaban y reían alborozadamente».
Con amigos que entienden solemos hablar de los dichosos mercados financieros, la especulación, las desigualdades… Uno de ellos, profesor de Economía, termina diciendo: «¡San Francisco! ¡Hace falta otro San Francisco!». El Pobrecillo de Asís, el loco del Evangelio, gritaría hoy hasta desgañitarse: «¡Ay de vosotros los ricos, porque ya habéis recibido vuestro consuelo!»; «Más fácil le es a un camello pasar por el ojo de una aguja…»; «No sólo de pan vive el hombre…». ¿O es que esas palabras son ya anacrónicas y no le sirven al hombre?
Dicen que esta situación económica está siendo un golpe también a la fe, que la fe se ha podido quedar para muchos de nosotros en una “suposición”, que las palabras del Evangelio se nos han enfriado. Pues me ha venido a la mente una imagen que utilizaba un gigante de la fe, Gregorio Magno. Decía que el pedernal, cuando lo tenemos en la mano, está frío; cuando lo golpeamos con un hierro, despide chispas y transmite fuego. Exactamente así –decía– son las palabras del Evangelio. En la letra parecen frías, pero si, inspirados por el Espíritu (un San Francisco, por ejemplo), las golpeamos, de sus sentidos ocultos surge el fuego que enciende espiritualmente. Lo escribía el profeta: «¿No es mi palabra como el fuego?»
¿Contaremos hoy con otro San Francisco que golpee esas palabras y las encienda? Seguro que sí. No será tal vez un santo. Movimientos cristianos, verdaderas «minorías proféticas», y otros «buscadores del bien común» están creando estilos de vida que lo muestran. Con hechos dicen que la actividad económica no tiene por qué ser antisocial; que el progreso de unos no tiene por qué ser obstáculo para el desarrollo de otros; que es posible vivir como una familia bajo la mirada del Creador; que es urgente leer la vida con los ojos de los “últimos”.