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ESAS COSAS: La avaricia de Pinocho

Manuel Morales

Me gustan los cuentos, por eso me ha enganchado un artículo de Luigino Bruni, aun sin entender una papa de economía. Su título: «¿Qué nos enseña la crisis económica?».
Empieza con una cita de las aventuras de Pinocho. Le habían regalado cinco monedas de oro e iba tan contento a su casa pensando en cómo invertirlas, cuando se encuentra con el zorro y el gato, que le hablan del Campo de los Milagros en el País de los Badulaques: «Escondes tus monedas en un agujero –le explican los malandrines–, lo riegas y te vas tranquilamente a la cama. Durante la noche la moneda germina y florece, y a la mañana siguiente encuentras un hermoso árbol cargado de muchas monedas de oro». El grillo parlante avisa: «No te fíes de aquellos que prometen hacerte rico de la mañana a la noche. ¡Por lo general, o son locos o embusteros! Hazme caso. Vuelve atrás». Pues ¡que si quieres! Yo aprendí de niño que la avaricia era un vicio capital y que el avaro era un enemigo de la comunidad, pues el dinero en sus manos «no es un medio para satisfacer sus necesidades, sino un fin en sí mismo, y así impide que la riqueza circule y genere bien común». Pero ahora cuenta el profesor Bruni que la avaricia ha comenzado a considerarse una virtud. ¡La “virtud civil†más importante de la modernidad! ¡El deseo de poseer ávidamente dinero y acumular riqueza reporta al bien común frutos buenos y abundantes! Por tanto la sociedad civil, y no sólo las empresas, deben estimularlo. ¡Pues adelante Pinocho! El «capitalismo financiero» –vamos a hablar como los entendidos– puede obrar el milagro de convertir, por ejemplo, cien euros en mil y veinte mil y más, sin dar ni clavo. ¡El País de los Badulaques! Riqueza fácil convertida en fin. Y así pasamos de la economía real, la de nuestros abuelos (consumimos según lo que producimos, por eso sabemos lo que podemos gastar e invertir), a esto que se llama «economía financiera». ¡Y llegan los bancos y las finanzas! Endeudarse para hacer una buena inversión –dice el economista– (para abrir una tiendecilla como la del señor Juan) es sano y natural; está fundado en la hipótesis de que, «si la inversión es buena, el valor añadido remunerará también al interés bancario». Entendido. ¿Pero endeudarse por unas vacaciones exóticas, por ejemplo, o por casas de lujo, no se parece más a lo de Pinocho? Seguro que la gente que viene cada semana al despacho de Cáritas de mi parroquia no invirtió en Bolsa ni se endeudó con vacaciones o casas de lujo. Dios quiera que “Pinocho†aprenda de una vez que la avaricia sigue siendo un vicio que hace mal a todos, y decida convertirse en un buen muchacho.

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