Estimados clientes.
Desde abril de 2024, la revista Ciudad Nueva se ha fusionado con la revista Ciutat Nova, dando lugar a la revista LAR Esta pgina sigue activa para acceder a todos los nmeros de la revista Ciudad Nueva.
Por fortuna, nuestra pequeña terraza es soleada y permite que crezcan las plantas. De vez en cuando, por pocos cuidados o por diversas circunstancias, alguna se seca.
Así sucedió con una planta de margaritas anaranjadas a la que, por cierto, le tenía un cariño especial. Hubo que arrancarla, sanear la tierra y plantar otra en su lugar.
Esta primavera, de forma inesperada, empezaron a brotar unas hojitas que, poco a poco, se han convertido en aquella planta de margaritas naranja que hace dos años alegraba mi terraza. Las raíces habían permanecido dentro de la tierra y, al cabo del tiempo, han permitido que la plantita florezca de nuevo. Las flores han regresado, o mejor, no se han ido. Su “renovada” presencia despierta en mí sensaciones muy distintas y me lleva a reflexiones sobre aspectos muy diversos de la vida y, por supuesto, de nuestro quehacer educativo cotidiano.
Muchas veces sentimos que estamos educando en una especie de terreno adverso en el que nuestros hijos están expuestos a circunstancias que de forma imprevista, inoportuna o inconveniente, pueden echar por tierra toda la labor educativa que estamos llevando a cabo. Seríamos unos ingenuos si no fuéramos conscientes de que existen muchos agentes “antieducativos” que, como poco, amenazan –si no es que quieren arruinar– nuestra tarea educativa y se plantan ante nosotros como agoreros de un “fracaso anunciado”.
Pero mi planta de flores anaranjadas había sucumbido ante unos agentes –externos o internos– letales sólo externa y temporalmente; sin embargo, las raíces habían permanecido. Y al cabo del tiempo ha vuelto a florecer; no sé si más o menos hermosa que antes, pero ha rebrotado. Creo que es una metáfora esperanzada y esperanzadora de lo que supone, comporta y significa nuestra tarea educativa. Veamos: