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Retos en el hospital

María V. C.

Retazos de vida al lado de los enfermos, entretejiendo el ejercicio de la medicina con los valores humanos.
Un día vino un colega de urgencias a hacerme una consulta a propósito de una señora de 101 años que había llegado en coma y con síntomas de infarto. Me preguntó si podía hospitalizarla en mi planta. ¿Qué hacer? El caso es que no me parecía bien dejar a la paciente en ese atracadero que son las urgencias, donde no hay un espacio reservado para este tipo de situaciones. Afortunadamente tenía varias camas vacías en mi sector, así que me quedé con ella, consciente de que tendría que esperarme las correspondientes murmuraciones y los chascarrillos de rigor. Y es que por lo general, cuando nos llegan enfermos de avanzada edad, hay bastante descontento entre el personal, pues son pacientes que requieren mucha asistencia mientras que las probabilidades de recuperación son pocas. En el momento en que la estábamos ingresando en nuestra planta estaba conmigo el más joven de mis colegas, que se da perfecta cuenta de que sus turnos son iguales que los míos (mismas fiestas, mismas guardias...), mientras que en otras partes los «médicos veteranos», como sería mi caso, suelen reservarse los turnos mejores y menos fatigosos. Bien, pues se hizo cargo él de la anciana. Al cabo de un rato llega una de las enfermeras y me dice: «Doctora, después de ponerle el suero, la señora se ha calmado y ha dejado de quejarse. Se ve que necesitaba beber... ¡A saber cuánto tiempo hacía que no se alimentaba!». Cuando llega el cambio de turno, le expongo este caso a la colega que viene a sustituirme. Y como en la práctica hospitalaria éste suele considerarse un «caso perdido», me dice: «¿Por qué la has ingresado aquí?». En ese momento una voz por dentro me decía: «Para que pueda morir con dignidad». Pero fue mi joven colega, que entiende muy bien mi forma de pensar, quien se lo explicó magníficamente... Salí del turno sorprendida y contenta de haber podido dar testimonio del amor de Dios por todos los seres humanos. Otra característica de mi forma de trabajar es que no tengo por costumbre estar mirando el reloj continuamente. Entiendo que los pacientes tienen derecho a explicar sus problemas con calma, por eso evito que tengan la impresión de que son despachados lo más rápidamente posible porque fuera hay una larga cola de gente esperando. Una mañana, en la consulta ambulatoria se sumaron a la normal rutina una serie de urgencias e imprevistos. Una enfermera que pasa de vez en cuando a controlar cuántos pacientes quedan todavía, me señala en un determinado momento que llevo un retraso de más de una hora y que la última persona tiene cita con otro especialista media hora después. Pero yo no puedo trabajar como en una cadena de montaje, pues cada enfermo requiere su tiempo, así que le sugiero a la enfermera que le cambien la otra cita y sigo tranquila con el ritmo que llevo. Al final entra la señora última paciente. Yo me la esperaba irritada y en actitud polémica, pero curiosamente me comenta: «Quiero decirle una cosa. Me he dado cuenta de que, en lugar de salir a tomarse un café o hacer una pausa, lo cual sería comprensible, usted ha dedicado todo su tiempo a todos y cada uno de los pacientes. Es la primera vez que veo algo así, y no me importa haber tenido que esperar tanto».

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