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Cuando lo inesperado te hace dudar…

N. C.

«Dejé todas mis dudas ante el sagrario y bajé con el único deseo de salir de mí misma y encontrar el modo de vivir bien la voluntad de Dios».
Cuando leía la Palabra de vida del mes de febrero, «Convertíos y creed en la buena noticia», me pareció que no lograría encontrar la forma de vivirla a fondo. Creí que bastaría con el deseo de mejorar en mis actitudes y fortalecer la fe, quizás intensificando la oración. Pasada la primera semana aconteció que mi madre tuvo que ser hospitalizada. Desde ese momento fue vivir la voluntad de Dios abrazando la situación de dolor junto a ella y mis hermanos. Para mediados de mes tenía previsto viajar: visitar a mis hijas clarisas antes del comienzo de la Cuaresma y participar en un seminario sobre «Fraternidad y participación en la transformación de las democracias» en Loppiano (Florencia, Italia). Intensifiqué el estar al cuidado de mamá en los primeros días para descargar a mis hermanas, que tendrían que suplir mi ausencia. Pero los planes del Señor eran bien distintos. Dos días antes de la fecha de partida, una intensa hemorragia precipitó la situación de mi madre a un estado muy crítico, y se temió que pudiera perder la vida. Cuando llegué al hospital, aún estaba recibiendo una transfusión de sangre y el diagnóstico de cáncer se había confirmado. Ya en la mañana se le había administrado la extremaunción. Subí a la capilla; necesitaba estar a solas con Jesús y que me ayudase. Requería una conversión profunda para creer que todo lo que estaba sucediendo era querido por Dios. Todos mis planes se habían derrumbado en un instante. Me resistía a no poder ver a mi hija pequeña; quería estar con ella y compartir uno de los momentos más importantes en su camino como clarisa, que es salir del noviciado y pasar a la comunidad. Después me ilusionaba ir a Loppiano, pues nunca tuve esa oportunidad. Al regreso, contaba con estar con mi otra hija. Sería pronto su cumpleaños y tenía un regalo preparado… Dejé todas mis dudas ante el sagrario y bajé a la habitación con el único deseo de salir de mí misma y encontrar el modo de vivir bien la voluntad de Dios de ese momento. Luego regresé a casa, que dista una hora de Badajoz, para coger lo necesario y volver al hospital. Durante el trayecto de vuelta todavía me asaltaba la rebelión interior: tener que renunciar e incluso perder el importe de los billetes de autobús y de avión, ¡qué absurdo! Podría haber sido de otra manera y al menos emplear mejor el dinero… «Conviértete», me decía, «no te dejes engañar por el hombre viejo». Sólo velando a mi madre durante aquella noche encontré la paz y logré renovar mi elección de Dios: «Tú eres, Señor, mi único bien».

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