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ESAS COSAS

Manuel Morales

Vive sencillamente...
Me lo contó una joven madre. A su hijo de 13 años se le había estropeado el móvil. Intentó tranquilizarlo: comprarían otro “por el estiloâ€. El muchacho respondió: «Mamá, ¿otro ladrillo?». «Sí, hijo, sí; otro ladrillito, como el de tu padre y el mío». No como los de algunos compañeros, quería decir, «que tienen de tó, cámara de fotos, interné, sistema operativo Androi…» (escrito tiene guasa; contado por una andaluza ¡es un carnaval!). Van a la tienda y resulta que el móvil se puede arreglar. ¡Dramático! Mete tú en la cabeza del muchacho que nada de «usar y tirar», que se queda sin ladrillito nuevo y que tiene que apencar con el mismo y además “arreglaoâ€. Me viene a la mente una reciente conferencia del rabino-jefe de la Commonwealth, Lord Sacks, en Roma: «Hemos convertido a nuestros niños en miniconsumidores, dándoles teléfonos móviles en lugar de nuestro tiempo. El resultado en Gran Bretaña [por no hablar de lo nuestro], es una generación de niños más infelices y propensos a la depresión, al abuso del alcohol… La sociedad de consumo resulta ser muy eficiente en la creación y distribución de infelicidad…». ¿Qué hacemos? ¿Ayudar al muchachete a ir contracorriente porque la austeridad es una virtud aunque no “mole†mucho? ¿Le cargamos “las culpas†de esta loca sociedad de consumo? ¿Tan “globalizada†está la flojera cultural de la familia humana que nada puede hacer uno desde su rinconcito de mundo? Caritas ha emprendido una campaña inteligente y pedagógica: «Vive sencillamente para que otros, sencillamente, puedan vivir». Es un trabajo bien pensado, con datos concretos y tres formulaciones: adultos, jóvenes y niños. A ver si entendemos que «vivimos en una sociedad dominada y regida por una economía de crecimiento, cuya lógica no es crecer para cubrir necesidades, sino crecer para enriquecerse, a costa de crearnos necesidades y hacer que caigamos en el consumismo sin límite». Recuerdo con qué fuerza hablaba Chiara Lubich a las nuevas generaciones: «El mayor desastre ocurrido en este mundo se produjo a causa del dinero. Judas vendió a Dios por treinta denarios y lo entregó a la muerte (¡un Dios que se había hecho hombre por nosotros!). Nadie tuvo palabras de mayor condena para los ricos apegados a sus bienes que Cristo. No los expropia a la fuerza de sus bienes efímeros, pero les advierte que el verdadero bien, el bien eterno, el paraíso, les será negado». Chiara encendía a los muchachos con valores esenciales: desprendimiento, compromiso por los demás, responsabilidad por los pobres y los que sufren. Es más, hizo como San Agustín con sus amigos; les enseñó a experimentar “en laboratorio†una nueva ley de la economía: la comunión de bienes. Claro, con sus ahorrillos los jóvenes no resolverían los problemas sociales, pero descubrirían la ley que puede resolverlos: «Si hoy podemos llegar a la luna es porque hace centenas de años científicos como Newton, Galileo, Leonardo descubrieron leyes fundamentales». ¿Y no es ley fundamental de la economía el principio de fraternidad? ¿No está hecho el ser humano para el don? Millones de personas piensan y viven así. Minorías, pero “creativasâ€. «El Reino de Dios se parece a un grano de mostaza»…

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