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Revista marzo - 2012
>
Palabra y vida
> Por qué la Palabra hace vivir
Por qué la Palabra hace vivir
M.S.
«TenÃa muchas ganas de decirle un par de cosas bien dichas, menos mal que mi conciencia me sugirió una actitud distinta».
Dentro de un mes tendré que incorporarme a la nueva empresa con la que he firmado un contrato por tiempo indefinido; por eso estoy procurando pasar a mis compañeros las tareas que tengo en mi trabajo actual. Algunas de las cosas que hago son un servicio directo a las personas, cosas que ayudan a que todo funcione mejor, por lo que me parece importante asegurarme de que esas tareas sigan sin interrupción. Esa inquietud me viene de querer vivir el trabajo como un servicio evangélico, lo cual te ayuda a ver las cosas con los ojos de los demás, a pensar en los que se quedan y en cómo dejarlo todo en orden. Ayer estaba tratando de hacer eso en una reunión con algunos directivos y quedó claro que yo estaba desempeñando una tarea que no era de mi competencia, pero que ninguno sabÃa o querÃa hacer. Cuando le dijeron a la persona que deberÃa haberlo hecho desde el principio que se hiciera cargo, empezó a plantear un montón de problemas que obviamente sonaban a excusas. Cuando le señalé que hasta ese momento todas esas cosas las habÃa estado haciendo yo además de mis tareas y sin poner problemas, esta persona me dijo que no todo el mundo puede tener las mismas ganas de trabajar sin fijarse en el reloj. En ese momento me dieron ganas de responderle en el mismo tono, porque además no es la primera vez que me topo con esta mentalidad de querer trabajar lo menos posible. Dado que la empresa está pasando una mala racha y que el precio al final lo pagan los más débiles, que son los que acaban despedidos, me resulta muy difÃcil justificar semejante actitud, como si se tratase de encontrar la excusa legal para hacer lo mÃnimo indispensable. SÃ, tenÃa muchas ganas de decirle un par de cosas bien dichas, o de llevar las cosas de forma burocrática y formal con el fin de obligar a esta persona a asumir sus obligaciones. Menos mal que mi conciencia me sugirió adoptar una actitud distinta. En primer lugar, me di cuenta de que estaba juzgando a un hermano, asà que me puse a escuchar sus quejas con más apertura. Y asà comprendà que detrás de esa actitud rÃgida y hostil se escondÃan viejos sinsabores con otras personas que en su momento se comportaron mal con él. Más que por una verdadera actitud negativa, su «cerrazón» se debÃa al temor a que se aprovechasen de él.
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