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�ngeles de blanco y verde

Por Mª Isabel Sánchez Muñoz

«Mi relación con cada paciente me enseña que tengo que vivir cada momento como si fuese el último». Testimonio de una profesional en cuidados paliativos.
Soy de Granada, pero vivo en Madrid. Llevo 14 años trabajando en una unidad de cuidados paliativos. Es difícil hablar de la comunicación con el paciente porque es el día a día, lo que el paciente me pide cuando entro a su habitación. A veces es escuchar, otras silencio, con gestos cariñosos como cogerle la mano o hacerle una caricia, otras diciéndole que lo queremos… La mayoría de las veces le llegan, y lo noto por la expresión de su cara, porque me vuelve a coger la mano o porque me da las gracias… Cuando entro en una habitación, después de saludar al paciente y decirle lo que le voy a hacer, mientras trabajo, lo escucho. A lo mejor lo veo triste y puedo animarlo cantándole, y así lo hago. Termina cantando conmigo y, por un ratito, se olvida del momento que está viviendo. A veces, si hay familiares en la habitación, también acaban cantando. A una paciente le gusta la Salve rociera. Sólo le podía cantar el estribillo y el principio de la canción porque no sabía más. Ella me decía que con eso era suficiente para emocionarse. La musicoterapeuta le dio la letra entera y todos los días, tanto si me toca trabajar en ese pasillo como si no, voy a cantarle la Salve, y la hago feliz. Se lo comenté a dos compañeras de la tarde que también le cantan y así pasan ratitos muy buenos. Una tarde la levantaron al sillón y con ropa del hospital la vistieron de rociera. Le trajeron una guitarra a un familiar y le cantaron y bailaron… Dice que siempre se acordará de nosotros por estos momentos tan buenos, pues hacemos que olvide que se está muriendo. Cuando me voy de vacaciones, me despido de cada uno. Un día, cuando me estaba marchando, viene en su silla de ruedas un paciente, al que ya habíamos acostado, acompañado de un familiar. Quería darme una foto que nos habían hecho y también despedirse, pues decía que ya no iba a estar cuando yo volviera. Cada día que tengo un ratito paso a ver a algunos pacientes para preguntarles qué tal han pasado la noche. En una ocasión fui a ver a un paciente que desde que ingresó lo he notado poco hablador y muy serio. Al entrar en la habitación observo que está adormilado. En ese preciso momento abre los ojos, me mira y no dice nada. Le pregunto cómo ha pasado la noche y me dice que regular. No quiere hablar. Entonces me fijo en la foto de un niño que tiene a su lado y le pregunto por él. Dice que es su nieto y los ojos se le ponen llorosos, parece que quiere contarme algo: «¿Por qué me ha tenido que pasar esto? Yo no he hecho mal a nadie. ¿Por qué? Ya no podré ver crecer a mi único nieto, que es como un hijo, pues yo lo cuidaba; no lo podré llevar al cole, al parque, no estaré en su comunión... ¡Que injusta es la vida!». Estuvimos un rato; yo sólo escuchaba. Al final sus palabras fueron: «Gracias por escucharme. No podía hablar de esto con mi familia; bastante tienen con lo que me ha caído. Mil gracias». Le di un beso y lo abracé... El resto de días que pasó con nosotros hasta su despedida parecía algo más alegre.

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