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Hildegard Burjan: la conciencia del Parlamento

Eugenio Nasarre*


Me hubiera gustado haber estado en Viena el pasado 29 de enero y poder asistir en la catedral de San Esteban a la beatificación de Hildegard Burjan, una de las ocho primeras diputadas en la historia parlamentaria de Austria. La de ese domingo fue, desde luego, una jornada gozosa para Austria, pero las lecciones de la vida de Hildegard sobrepasan con creces los confines del país alpino y son de rabiosa actualidad en la Europa en que vivimos. Casi ciento treinta años nos separan de su nacimiento en el seno de una familia judía centroeuropea, cuando todavía las fronteras eran borrosas y no se habían convertido en muros separadores. Fue una brillante estudiante, que concluyó sus estudios doctorándose en Filosofía en la Universidad de Berlín. Allí conoció y se casó a los 25 años con un joven ingeniero húngaro, también judío. Un año más tarde contrajo una grave enfermedad renal, que le hizo estar al borde de la muerte. Fue asistida en un hospital católico berlinés, donde recibió las atenciones de las monjas que lo regentaban. Allí descubrió muchas cosas nuevas para ella e inició su conversión al catolicismo, que culminó con su bautismo en 1909. Unos meses más tarde quedó encinta. Los médicos dictaminaron que el embarazo suponía un grave riesgo para su vida y le aconsejaron el aborto. Ella se negó, superó las dificultades de su embarazo y dio a luz a su hija Lisa. Hildegard sencillamente apostó por la vida. El matrimonio se trasladó a vivir a Viena. Y allí asistió a los convulsos años del fin del Imperio Austro-Húngaro, la Primera Guerra Mundial y el nacimiento de la ya pequeña república austriaca. Impulsada por la fuerza de su espíritu, Hildegard desplegó un intenso compromiso social, con planteamientos innovadores, en favor de las mujeres más vulnerables, y alentó una red social de apoyo a sus iniciativas. Su compromiso social la llevó a la política. En las primeras elecciones de la naciente república fue elegida diputada en las filas del partido socialcristiano. En el Parlamento impulsó numerosas iniciativas en materia social, como las relativas a la protección de la maternidad y de los neonatos o a la formación permanente de las mujeres. Y de ella partió la «ley de protección de las trabajadoras a domicilio», entonces víctimas de una gran explotación. Fue siempre defensora de causas nobles, lo que hizo decir al cardenal de Viena, Gustav Piffl: «es la conciencia del Parlamento».

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