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Revista enero - 2012
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Un suave cóctel
Jaime Borda
Testimonio del padre de una niña Down.
Ese cromosoma de más que tiene mi hija me ha dado la posibilidad única de comprender que lo esencial de la vida no está en el éxito que muchos sueñan alcanzar, sino en vivir bien cada dÃa, dando lo mejor de mÃ, sin esperar nada, porque nunca puedo estar seguro de cómo será el mañana. Para mÃ, el sÃndrome Down es un suave cóctel de dolor y alegrÃa que me permite entender mejor lo que realmente tiene valor en la vida. Puedo decir que tener un hijo o una hija con sÃndrome de Down (SD) equivale a convivir con sonrisas contagiosas, con la ternura y la inocencia y, por supuesto, con un amor que, inevitablemente, crece con los dÃas. Algunos dirán que soy muy idealista, o muy romántico, que sólo veo lo bueno y me olvido de lo malo, lo triste, lo pesado. ¿Qué puedo decir? ¿Es algo “fácilâ€� tener un hijo o una hija con SD? No, no lo es, pero la “cargaâ€� será siempre más pesada o más liviana, dependiendo de cómo se viva. Yo he decidido vivir esta situación con optimismo y con profunda alegrÃa porque para mÃ, o mejor dicho, para nosotros, para mi esposa y para mÃ, tener una hija como Ana Isabel es una muestra del Amor de Dios. Pero además del amor y las sonrisas que mi hija prodiga por doquier, no puedo negar la realidad. El sÃndrome de Down se asemeja a una receta con al menos un buen vaso de terquedad, un kilo de desorden cada dos por tres que pone a prueba mi paciencia, varias cucharillas de celos del hermano y otras cosas por el estilo... Aún asÃ, prefiero quedarme con la sonrisa y los abrazos de mi “nanaâ€�.
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