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Si me lo permiten, les refresco la memoria. En mi artÃculo anterior nos hacÃamos eco de un planteamiento desafiante: educar a las futuras generaciones para que crezcan más arraigadas, fuertes y seguras que nosotros, sus padres y educadores.
El fundamento del reto era bien claro: los desafÃos y tentaciones de este tiempo son tales y de tal magnitud que habrá que resistir de forma inteligente, acertada, decidida y fuerte.
He tenido ocasión de comentar el tema y debatir sobre esto con familias y con profesionales, y les confieso que, en cierto modo, se nos planteaban más interrogantes que certezas, fundamentalmente debido a la naturaleza de una afirmación tan desafiante. Asà pues, en esta ocasión querrÃa compartir con ustedes algunos de ellos.
El primer interrogante lo planteaba alguien que decÃa que para educar es necesario tener certezas: la certeza de que mi hijo va a crecer, de que va a fomentar un mundo mejor, de que nosotros (sus padres) vamos a hacer algo por ellos, etc. En cambio, esta persona me planteaba que se encontraba ante demasiadas incertidumbres y, lo que para ella era peor, se sentÃa dubitativa e insegura a la hora de tener que educar desde la incertidumbre.