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La dimensión colectiva de la vida espiritual ha mantenido en pie a María Elena.
«Recuerdo aquellas Nochebuenas de mi infancia… Mientras ponía la mesa y sin que mis padres lo notaran, se me escapaban algunas lágrimas pensando en lo feliz que yo era mientras había niños sin papás que no podrían disfrutarla». María Elena recuerda así la causa de ser hoy madre adoptiva de dos niños, una conjugación entre el «sentimiento que Dios me puso en el corazón» y la compresión de muchas personas «que me han ayudado a ver si realmente era ése mi camino». Decisión nada fácil para una mujer soltera en la tesitura además de tener que «renunciar a los viajes con mis amigas, a comprarme toda la ropa que quisiera…». Pero ahora no le caben dudas: «Merece la pena gastar mi vida por estos hijos que Dios me ha encomendado».
Mª Elena estudiaba COU cuando participó en aquellos ejercicios espirituales en su colegio. «Yo pensaba –dice– que serían unos más de tantos: cogías apuntes, hacías buenos propósitos…, pero normalmente al cabo de un tiempo ya no te acordabas de nada». Era ella una chica buena, de familia cristiana, y pensaba que si quería amar a Dios, «la única forma era hacerme religiosa y, de hecho, lo pensé en varias ocasiones». Pero en ésta, el sacerdote que dirigía los ejercicios pertenecía al Movimiento de los Focolares y les habló del amor de Dios. Aún recuerda Mª Elena cómo se le grabó esto en el alma: «Dios me amaba inmensamente tal y como era; yo podía devolverle ese amor amando a cada prójimo que me encontrase. La verdad es que para mí fue toda una revolución. Estaba en una edad con un montón de complejos y sentirme amada por Dios me hizo aceptarme a mí misma». ¿Sería como siempre? ¿Buenos propósitos y al poco tiempo todo se habría acabado? No, esta vez no: «Mi vida seguía siendo aparentemente igual; sin embargo, mi actitud era distinta: la primera en amar lavando los platos, trayendo un vaso de agua, echándole un piropo a mi madre cuando venía de la peluquería…».
De aquella siembra resulta la cosecha de ahora. Bien puede decir que el tiempo ha ido forjando poco a poco en ella una forma de vivir «que ha revolucionado mi vida». Y lo ilustra con episodios que bien podríamos definir “emblemáticos”. Como éstos: «Había una persona muy cercana a mi familia que nos lo hizo pasar muy mal; llegó incluso a humillarnos en varias ocasiones. Sin embargo, yo tenía claro que en ella estaba Jesús y volvía a amarla una y otra vez. Al cabo de unos 14 ó 15 años de amarla desinteresadamente la relación con ella ha cambiado radicalmente». «Por problemas heredados de nuestros padres, no nos hablábamos desde hacía años con algunos de mis tíos y primos. Había rezado mucho para que se pudiera reconstruir la relación, pero no se me ocurría cómo, y esto me dolía bastante. Aprovechando la primera comunión de mi hijo, los llamé uno a uno e intenté reconstruir la unidad. Temía la reacción de algunos; sin embargo, fue para mí un gran regalo ver que todos reaccionaron bien e incluso asistieron a la comunión. Una de las cosas más emocionantes de ese día fue el abrazo de una prima a la que no veía desde los 10 años».
Reconoce Mª Elena que no habría tenido la fuerza suficiente para seguir amando por sí sola, pero ya en aquellos años de su juventud «conocí a unos jóvenes de los Focolares que trataban de hacer esta experiencia en Granada y nos lanzamos a vivir una frase del Evangelio cada mes. Nos contábamos lo que Jesús nos hacía experimentar cuando intentabas verlo en el prójimo». Esa dimensión colectiva de lo espiritual, es decir, vivir y comunicar, es lo que le ha permitido mantenerse al pie de cañón en los distintos ámbitos de su vida, especialmente en el laboral: «Esta “luz”, como la define Chiara Lubich, me ha llevado a considerar mi trabajo como lugar de santificación. Debo hacerlo lo mejor posible, dedicando a cada alumno un tiempo, y a cada padre que me visita todo el tiempo que necesite. Una vez llamé a un padre porque veía muchos problemas en su hija. Intenté proponerle algunas soluciones, pero a todas me decía que su hija ya no tenía arreglo. Me fui muy preocupada a casa. Luego me di cuenta de que algo podía hacer todavía por ellos: ¡rezar! Así que los puse en el corazón de Jesús. A los pocos días el profesor de apoyo me dijo que se iba notando en la chica un pequeño cambio, que aún había esperanza. ¿Habrían sido mis oraciones?».