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Sin hijos no hay futuro

Julio Márquez

De la eugenesia al invierno demográfico. Importancia de las políticas familiares.
Hace doscientos años el reverendo Thomas R. Malthus llegó a una pequeña iglesia perdida entre las colinas del sur de Londres. El contacto con la gente del lugar, humilde, ignorante e indigente, lo convenció de una catástrofe inminente: la velocidad con que se reproducían los pobres superaba la disponibilidad de alimentos. Comían pan y patatas, y cada mujer engendraba cuatro o cinco hijos que sobrevivían una media de veinte años, en medio de la suciedad, las enfermedades y el hambre. Menos mal que la naturaleza se ocupaba de que muchos murieran, de manera que así se equilibraba la población con los alimentos disponibles. Terrible, pero elemental. Y no había nada que hacer. Es más, puesto que estaba claro que no había sitio para todos «en el banquete de la naturaleza», no había que estimular a los pobres para que se casasen y se reprodujesen. Durante los treinta años siguientes, Malthus se hizo famoso sobre todo entre los ricos, los intelectuales y los dueños de las fábricas, gracias a esa idea sencilla, “racional� y devastadora que se difundió rápidamente. Darwin se basó en ella para formular su teoría de la selección natural, que postula la supervivencia de los mejor adaptados. La hambruna que estalló en Irlanda en 1845 fue la ocasión propicia para poner en práctica a gran escala tal teoría. Hubo una fuerte oposición a enviarles ayuda, pues además la mecanización del trabajo volvía inútiles los brazos de los hijos de las familias numerosas; así es que la culpa de lo que les ocurría era sólo suya. Y la catástrofe que siguió, provocó la despoblación de Irlanda durante décadas. Mientras tanto nuevas ideas se iban difundiendo. Si las especies podían evolucionar, según la teoría de Darwin, también podían involucionar, empeorar, de modo que los pobres son una amenaza de la cual la sociedad debe defenderse. Y así nació la eugenesia con el noble fin de salvar a la sociedad, controlando la evolución de la raza humana. En los primeros años del siglo XIX empezó en Estados Unidos la esterilización obligatoria de los deficientes mentales, mientras que en Inglaterra George Bernard Shaw y Winston Churchill abogaban por políticas análogas. El Japón imperial y la pacifista Suecia implantaron la esterilización masiva de los discapacitados psíquicos, en su mayoría mujeres. Por todas partes surgían aguerridas fundaciones para el control de la natalidad. Hasta que en Alemania un tal Hitler decidió poner en práctica a escala global las ideas que había aprendido en textos americanos.

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