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Hoy he descubierto experimentalmente este “negocio” de la «bodhichitta». Una persona muy querida me pasó este verano un libro escrito por una monja budista, Pema Chödrön. Uno de sus capítulos, titulado «El amor que no morirá», trata de la «bodhichitta». La palabrita, en principio, a mí me suena simpática. Y su significado, todavía más: «corazón noble o despierto».
Se dice en buen budismo que, en los momentos difíciles, lo único que sana es «bodhichitta». ¡Qué curioso! Se trata de ese “lugar blando” que todos poseemos, incluso debajo de nuestras “armaduras” más defensivas. Es «ternura básica, calidez compasiva». Basta respirar profundamente, no huir del problema, relajarnos un poco, y comienza a emerger la ternura y la bondad. «Así como una joya enterrada durante millones de años no se decolora ni sufre daño alguno, a este noble corazón tampoco le afectan todos nuestros gritos y pataleos». Es como una “bajada”, como entrar de puntillas, humildemente, en la realidad, sin apresurarnos ni ser agresivos. Porque «allí abajo, en lo más denso de las cosas, descubrimos el amor que nunca muere». ¡Genial! Nos lo decían en Teología: «sólo se redime lo que se asume».
Pues yo me apunto a la «bodhichitta». Eso de entrenarse y adquirir cada día un poquito más de «liberación y de iluminación interior» nos viene bien a todos. «En el hombre interior habita la verdad», dijo San Agustín. Eso de descubrir «el amor que nunca muere», me convence. Luego, lo de si hacerlo con el propio esfuerzo o apoyados en un auxilio superior, es otro negocio.
Esta tarde, una persona, habitualmente amable, me espetó un problema con palabras agresivas y bastante nerviosismo. Yo, curiosamente, me sorprendí nadando en el buen humor (¿la «bodhichitta»?). Hasta me dio por reír. Y no juzgué a la persona. Después sí, pasada la tormenta, se encargan los malos humores (que viven tan dentro como la «bodhichitta») de calentar la cabeza. Y se le ocurren a uno toda clase de respuestas y sentencias bien “ajustaditas”.