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Mi enfermedad es mi vocación

N.G.A.

Testimonio de una persona afectada de trastorno bipolar.
Todo sirve para el bien de los que aman a Dios, incluso las más terribles enfermedades, los absurdos más absurdos que podemos encontrar en el camino de la vida. Rondaba yo los 24 años y estaba en el Seminario Diocesano de Madrid. Estudiaba 2º de Teología y estaba convencido de que el sacerdocio era mi vocación, mi camino. Sin embargo, le pareció a Dios más conveniente que tras una breve crisis de ansiedad en mayo de 1999, el 4 de octubre del mismo y tras unos ejercicios espirituales vividos de modo un tanto extraños, siendo el mismo día que comenzaba 3º, estalló de modo rotundo y definitivo un cataclismo en mi alma: una crisis maniaco-depresiva. Afortunadamente, desde el primer momento se me diagnostica un trastorno bipolar. La euforia fue enorme, pero la depresión no se dejó ganar en intensidad. Durante meses sólo una idea fija se adueñó de mi mente: suicidarme. La vida se había convertido en un infierno. Tres ejes me permitieron sobrevivir. El primero fue el más inmediato: ¿cómo voy a hacerle esto a mi familia? El segundo: ¿cómo voy a hacerle esto a Dios? Y el tercero fue un razonamiento simple, a saber: si me suicido, voy al infierno; así no soluciono el problema sino que lo prolongo por toda la eternidad. Así, pues, decidí vivir a toda costa arreglándome para salir a la calle, yendo a pasear todos los días un rato con un amigo y una amiga, y dejando pasar el tiempo, aunque viviendo en el absurdo, el sinsentido, el vacío, la oscuridad. ¿Dónde estaba Dios? ¿Para qué me quería o qué quería de mí? Confieso que no era poca mi ira contra Dios por no poder llegar a ser cura. No porque me negase esa vocación sino porque no sabía por dónde tirar. «¿A dónde iré ahora? ¿Qué haré con mi vida?» Mi psiquiatra y yo decidimos que estudiara Filosofía, que siempre había sido mi pasión. Así, a modo de tanteo, comencé en la Complutense, pero debido a una medicación insuficiente, recaí. Esta vez el infierno se materializó en forma de psiquiátrico, donde permanecí catorce días. Sólo una idea motriz se instaló en todo mí ser: jamás volveré a estar entre estos muros, tenga que hacer lo que tenga que hacer.

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