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TEOTIHUACAN

Clara Arahuetes

Los aztecas denominaron a la ciudad de Teotihuacan como «el lugar donde los hombres se convierten en dioses».
La metrópoli está situada a cuarenta y cinco kilómetros de Ciudad de México y fue en su tiempo la mayor capital prehispánica y la sexta urbe más grande del mundo. Durante ochocientos años, del siglo II a. C. al siglo VII d. C., Teotihuacan fue el centro cultural, político y religioso de una poderosa civilización. Hoy es una de las maravillas arqueológicas del mundo y fue declarada patrimonio de la humanidad por la UNESCO en 1987. Sus monumentos –la Pirámide del Sol y la Pirámide de la Luna, unidas por la Calzada de los Muertos, el Palacio de los Jaguares o el Templo de Quetzalcóalt– son referentes de la cultura universal. La ciudad sagrada fue protagonista en ámbitos tan diversos como la política, la religión, el arte y el comercio, así como por su riqueza arquitectónica y urbanística. El refinamiento y el espíritu cosmopolita se refleja en las representaciones escultóricas de dioses, guerreros y señores, así como en la riqueza de la pintura mural, con sus imágenes de dioses y animales simbólicos, La exposición Teotihuacan, Ciudad de los Dioses, que se presentó antes en Barcelona y que se puede visitar hasta el 13 de noviembre en Madrid, nos da una visión de conjunto a través de cuatrocientas piezas de gran valor artístico e histórico de esta poderosa ciudad, que surge hacia el año 100 a. C. y tiene su final en el 650 d. C. En esa época Teotihuacan tenía cerca de 100.000 habitantes y una extensión de 20 kilómetros. La magnificencia de su arquitectura y de las artes suntuarias iba unida a la estabilidad y la prosperidad material de una sociedad y un gobierno teocráticos, donde los guerreros propiciaron la expansión y el enriquecimiento de la ciudad-estado. La muestra analiza esta cultura indígena desde todos los puntos de vista: arquitectura y urbanismo; política, guerra y economía; creencias y rituales; la vida en los palacios y en las calles; y las relaciones con las culturas de su entorno. Se expone pintura mural, esculturas en piedra, estatuillas de obsidiana, cerámica, joyería y máscaras rituales, algunas recubiertas de turquesa, además de animales mitológicos de gran importancia en Mesoamérica, como el jaguar y la serpiente, elaboradas en diversos materiales. Destacan el Gran Jaguar de Xalla, una fachada escultórica que conserva gran parte de su policromía, y el llamado Disco de la Muerte, figura en piedra que alude al misterioso fin de esta antigua civilización. Las obras nos pueden parecer rígidas, estáticas o carentes de profundidad. Las figuras humanas son cuadradas y no se diferencian unas de otras; sólo se distinguen en el vestido más que en las expresiones faciales. El atuendo junto con las insignias señalaba el rango y la pertenencia a un culto o a una orden militar.

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