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McLuhan, la locura profética

Michele Zanzucchi

Hace cien años nació el genio que iba a intuir el desarrollo del mundo de los medios de comunicación y de internet.
El hecho de que sea un mito es indudable. Este hombre consiguió serlo en vida, y el mito lo mató, perdido como estaba (el mito) en esa cultura consumista que él mismo (el hombre) había ayudado a desenmascarar. Fue seguidor de aquella no-cultura que él mismo había denunciado como aventurera, el símbolo pop de una cultura naciente que en los medios de comunicación había hallado no sólo sus instrumentos, sino su esencia. Al igual que los iconos pop actuales, McLuhan fue “masacrado” aún en vida. Su pensamiento fue sometido a una operación de desmenuzamiento tal que redujo su enorme creatividad a aforismos cojos. Como su frase más célebre –«el medio es el mensaje»–, que resulta incomprensible si no se le añade el resto: «el usuario es el mensaje»; pero de esta parte casi nadie se acuerda. Se le critica su creatividad ilimitada y sin corsés académicos, pero no se llega a valorar suficientemente su extraordinaria clarividencia, ese espíritu profético que lo llevó, por ejemplo, a imaginar la «red», internet, mucho antes de que los albores del ARPA (red de conexiones militar de Estados Unidos) dejasen adivinar un futuro impetuoso. McLuhan nació el 20 de julio de 1911 en Edmonton, Canadá. Era católico, un convertido con sus maximalismos y sus fobias. Mientras las fuerzas se lo permitieron, fue todos los días a misa. A menudo trataba con rudeza a sus interlocutores, pero no por convicción («Trataba siempre a las personas como individuos dotados de alma», escribe Douglas Coupland, gurú de Internet, en su reciente biografía Marshall McLuhan), sino sencillamente porque no podía dejar de ir tras el continuo flujo de imágenes, citas, sonidos que se le agolpaban en el cerebro, que entre otras cosas “padecía” de una circulación sanguínea excesiva. Era católico, pues, pero no alardeaba de su fe a cada rato (y en esto era postconciliar antes de tiempo), sino que prefería mantener la religión no tanto en la esfera de lo privado sino en el sustrato cultural y humano sobre el que se apoyaban sus elaboraciones. Sus principales obras son dos: «The Gutenberg Galaxy», de 1962 («La galaxia Gutenberg», Círculo de Lectores, 1993), en la que proponía un caudal ininterrumpido de ideas, imágenes y metáforas proyectadas en un futuro «sin papel», o «no sólo con papel», con una genialidad que veía un futuro fuera de lo común, aun respetando el pasado: «Lejos de minimizar la cultura mecánica de Gutenberg –escribía–, debemos esforzarnos por conservar sus valores reales». Su otra obra fundamental se titula «Understanding Media», de 1964 («Comprender los medios de comunicación», Paidos Ibérica, 2007). Quizás sea su obra más completa, la que supo excavar más y mejor en el naciente mundo digital, corroborando sus intuiciones proféticas con una análisis serio. Por todo esto, McLuhan fue uno de los grandes en la “massmediología”, es más, fue su fundador junto con otro canadiense, Harold Adams Innis, mucho menos conocido pero no menos importante. Sin embargo, como ya hemos dicho, McLuhan ha sido reducido a un icono, cosa que suele ocurrir con los pioneros. Habría que redescubrirlo, y no como representación del experto en medios de comunicación, o sea, como un icono de nuestro ordenador, sino como un app, es decir, como un símbolo, algo que nos permite acceder todos los días a algo nuevo, algo olvidado o algo sorprendente. Y esto para que nos recuerde que los medios siempre hay que encajarlos en un panorama antropológico, el del hombre libre y consciente, y no atrapado en la trama del consumo y de las tecnologías. Así las catástrofes que predijo McLuhan («Miramos el presente en un espejo retrovisor. Caminamos marcha atrás hacia el futuro») no serán inevitables. ¡Pero sí posibles!

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