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Luz en el quirófano

José Varas Arroyo

“A lo mejor no tiene importancia, pero me sirvió para vivir la enfermedad sin angustia".
Tuve un accidente que me ha cambiado, al menos por un periodo de tiempo, el ritmo habitual de vida. Al empujar el portón metálico de casa, que se había dilatado, cedió repentinamente y me fui al suelo… Algo me había roto, la vida se paralizaba y comenzaba una nueva situación. Rápidamente fui hospitalizado y me hicieron unas radiografías en medio de fuertes dolores a cada movimiento. Luego quedé inmovilizado en la cama, pues tenía rota la cabeza del fémur Tardaron diez días en operarme. Coincidía que eran fiestas locales y se habían acumulado varias operaciones en la clínica. Pensé que los médicos tenían mejor conocimiento que yo de mi necesidad, de modo que esperé pacientemente sin pedir privilegios. Al cabo de esos diez días me subieron al quirófano, y fue allí donde sentí que una luz especial me invadía el alma: tuve la certeza de que Dios era amor, que me acompañaba en cada momento, y me abandoné en sus manos con una gran confianza. No sé, pero era una impresión tan real que se me grabó profundamente. Bajo la tela verde que me impedía ver la operación para que no me impresionara, pues estaba anestesiado de cintura para abajo, pensé que todo lo que hicieran conmigo sería para mi bien. Dios era el que movía los hilos de todo aquello, y velaba y preparaba todo para sanarme. Pensé que él andaba cerca, tan cerca que los ojos de los médicos eran sus ojos de Padre; las manos del cirujano, sus manos amorosas; el anestesista, las enfermeras, todos eran agentes de su amor, y me sentí bien, tranquilo, sin preocupaciones. En otras palabras: Dios se hizo médico, enfermera, auxiliar de clínica, y me cuidaba con las manos y los ojos de todos ellos. Lo sentí muy próximo. A partir de esa “iluminación†todo han sido bellas impresiones con la atención diaria del personal del hospital, muchachas y señoras, auxiliares de clínica que me atendían con sus servicios. Me lavaban por la mañana, me servían los alimentos, me cambiaban diariamente las sábanas y el pijama… ¡Cuántas atenciones a lo largo del día cuidando mi cuerpo dolorido y atendiendo a mis necesidades! Lo hacían con sencillez, delicadeza y naturalidad al mismo tiempo. Para ellos y ellas todo mi agradecimiento. El tiempo que estuve hospitalizado me permitió meditar mucho. Comprendí que, dado que Jesús “se había hecho carneâ€, su carne se podía personalizar en mí, ya que él se había hecho uno más de nosotros. Además, en medio de tantas atenciones, me venían a la memoria sus palabras: “Lo que hicisteis con uno de mis hermanos más pequeños conmigo lo hicisteisâ€. El daño que he sufrido no ha sido mucho: una prótesis me ha devuelto a una situación casi normal. Por otra parte, creo que este periodo ha sido como una purificación que me hace bien, para no apoyarme más que en Dios. Y trato de sumar mi humilde dolencia a la pasión salvadora de Jesucristo. Ciertamente hay situaciones más dolorosas que la mía, cuando el que sufre siente que Dios está ausente: noches de desvelo, dolores continuos, enfermedad grave. Ellos se parecen más a Jesús crucificado y abandonado y necesitan consuelo y oración. Son situaciones muy duras, y se dan muchas. Desde luego no ha sido mi caso. He redescubierto la importancia de las relaciones humanas gracias a tanta actitud de donación y acogida de que he sido objeto. Los sacerdotes con los que vivo han estado siempre cerca de mí. Mis familiares, primero me visitaban en la clínica y luego en casa, trayéndome su afecto. Los distintos compañeros de habitación, cada uno con su talante. Y las visitas, ¡cuántas visitas! Dios está detrás de todo, y me manifiesta su amor a través de las personas. El hecho de recibir con agradecimiento a todos los que me venían a ver me unía más a Dios, porque el amor de unos y otros es lo que le da a la vida una dimensión cristiana, y ésta invade y eleva toda la realidad. Después del hospital mi experiencia de fe y gratitud al Señor sigue siendo un tiempo de gracia: la presencia de Dios no nos falta. Quiero subrayar algo luminoso: que todo se engrandece cuando se vive desde el evangelio. Lo normal de la vida: las alegrías, sí; pero igualmente el dolor. Dios se asoma también en el dolor.



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