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Estaba cansado y me sonreíste

Ana María Gato

Saber escuchar Mostrarse alegre es como una pequeña celebración. Un nuevo año despliega ante nosotros su abanico de días iguales, y nuestro deseo es que haya paz y serenidad.
Las calles se llenan de buenos deseos y la gente esboza sonrisas auténticas, aunque algunas parezcan osadas o incluso falsas. Es un reclamo que va serpenteando hasta los callejones de la periferia multicultural y trepa por los senderos cansinos de esos pueblos arrampicados en las laderas peladas: ¡Que el nuevo año traiga vida, vida auténtica para personas reales, hijas de un padre, el Padre... Seamos honestos: tenemos ganas de sentirnos vivos y vivir en paz, ganas de vivir fraternalmente día a día y de que la vida nos regale abrazos. Luisa está saludando a sus compañeros de trabajo. Durante estas fiestas a caballo entre dos años algunos se han ido a ver a la familia y aún se les nota el aroma de hogar en los gestos y en los ojos el reflejo de paisajes añorados. Pero el saludo que le devuelve Carlos no se queda en lo convencional: “Gracias por tu sonrisa, Luisa. Me ha acompañado durante estos primeros meses en mi cargo, y me ha hecho mucho bien”. Luisa lo mira con cara intrigada. Su joven compañero le recuerda a su hijo y no puede evitar emocionarse cuando le da las gracias por el cumplido. A lo largo de su vida Luisa ha aprendido a valorar esa sonrisa de la gente que te cruzas en el supermercado, o en la oficina, o en la escuela, o en el hospital, o en la calle... Siempre se siente a gusto con ese mensaje cuyo significado no hay que dar por sentado. Puede estar hablando de alegría, o esconder una dificultad, o contener su timidez, o dar estímulo a una incertidumbre, o manifestar acogida... Y mira por dónde, ahora le acababan de dar las gracias por su sonrisa. ¡Qué sorpresa! Todo un regalo de Reyes. Luisa que queda pensando en ello y no puede pasar por alto otra sonrisa importante, aunque muy pequeña, que no puede dejar de esgrimirse. Es la sonrisa de Nesa, que apenas tiene seis años. Entrar en la clase de Nesa es como abrir un cofre y quitar el velo que cubre un tesoro. No se puede ignorar la belleza de esa sonrisa infantil que le dice al mundo su alegría de vivir cada vez que mira y responde con los ojos que ha entendido todo, aunque su idioma no es el mismo que el de sus compañeros de clase. Nesa sonríe cuando aprende una palabra nueva, sonríe cuando comparte sus cosas con su compañera de pupitre, o cuando corrige a su hermanito impulsivo y normalmente juguetón. Sonríe cuando le cuenta a la maestra sus dificultades, cuando ayuda a un compañero, cuando intuye las reglas del juego que le explican. Sonríe sin miedo a ser mal entendida. Sonríe cuando oye esa música que tanto le gusta o cuando alguien habla de los colores de Bangladesh, su país. Entonces sueña con la sonrisa y a su alrededor hasta las peleas se detienen, fluctúan y se diluyen.

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