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Otra economía

Isaías Hernando

¿Pueden sobrevivir en el mercado empresas que tratan de poner a la persona en el centro de la actividad económica? Encuentro de empresarios de Economía de Comunión.
Seguir impartiendo un curso técnico a sabiendas de que uno de los “alumnos” es en realidad un competidor que quiere copiar las técnicas más novedosas. Dar una nueva oportunidad a una empleada que no termina nunca de hacerse con el trabajo. Atender las protestas de un trabajador, buscando una decisión dialogada en lugar de aplicar el jerárquico y tradicional «aquí mando yo». Vencer a base de cariño la resistencia de un anciano que lleva meses lanzando improperios contra la dirección y el personal del centro, hasta convertirlo en un amigo incondicional. Volver a contratar a esos trabajadores que un día abandonaron la empresa seducidos por las promesas, luego incumplidas, de un directivo que se pasó a la competencia con armas y bagajes, es decir, llevándose los conocimientos, los trabajadores e incluso los pedidos... ¿Existen en el mundo de los negocios personas que actúan así o hablamos de economía-ficción? ¿Pueden sobrevivir en el mercado empresas que operen con semejante lógica? Parece que sí. Prueba de ello es la experiencia de estos empresarios de carne y hueso que llevan años tratando de poner a las personas en el centro de la actividad económica. Se han propuesto nada más y nada menos que convertir el amor en categoría económica: amar a todas las personas que tienen relación con la empresa, incluso a aquellos que podrían considerarse “enemigos”. De hecho, «el amor al enemigo en la vida económica» fue uno de los temas centrales del 7º encuentro de formación que reunió en Madrid los días 15 y 16 de junio a medio centenar de empresarios y otras personas interesadas en el proyecto Economía de Comunión, lanzado por Chiara Lubich en 1991 en Brasil. Al ver las favelas que a modo de “corona de espinas” rodean los rascacielos de la ciudad de Sao Paulo, sintió la urgencia de crear empresas llevadas por personas competentes cuyos beneficios tendrían una triple finalidad: luchar contra la pobreza ayudando a los necesitados; formar a las personas en la cultura del dar, germen de una nueva economía; invertir en la creación de puestos de trabajo en la propia empresa. Los empresarios que siguen estos criterios en España no son todavía muchos; podría pensarse que su experiencia no pasa de tener un valor simbólico y testimonial. Y sin embargo estas empresas, junto con otras 700 repartidas por el mundo, sostienen en la vida diaria el andamiaje teórico de la economía civil, que postula la apertura de la ciencia económica a conceptos que en los últimos siglos habían quedado excluidos de ella: felicidad, gratuidad, bien común o fraternidad. Fraternidad es precisamente la palabra elegida por Benedicto XVI como idea central del capítulo 3º de su última encíclica, «Caritas in veritate», en la que cita textualmente la «economía civil y de comunión», haciéndola salir de algún modo del ámbito en que nació para convertirla en patrimonio universal de la Iglesia al servicio de la humanidad, para fecundar y dejarse fecundar por otras realidades, como ya está ocurriendo en muchas partes del mundo.

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