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EL EDUCADOR - Los últimos de la lista

Jesús García

Un informe recientemente aparecido sitúa a España en el vagón de cola del tren educativo de los países desarrollados.
Entre los 28 países de la OCDE analizados, los alumnos españoles “suspenden” en sus niveles de lectura, matemáticas y ciencias, al estar en los puestos 22, 23 y 21 respectivamente. El asunto no es nuevo, y en cierta forma se veía venir; desde hace muchos años se viene planteando la cuestión (con más o menos dramatismo) y casi siempre acabando en dosis enormes de pesimismo. Analizar los datos y encontrar las razones que subyacen en dicho informe llevaría tiempo. Por otra parte, es arriesgado extraer conclusiones teniendo en cuenta sólo unos datos. Sin embargo, me permito utilizar dicho informe para suscitar una pequeña reflexión. Es cierto, el fracaso escolar, educativo y académico (con independencia de su significado) existe y es preocupante; pero ¿qué podemos hacer? Y, sobre todo, ¿qué podemos hacer como padres y madres? Ante ciertos interrogantes, como decía Freinet, «no podemos sentarnos al borde del camino cansados y desesperanzados». Ciertas situaciones “críticas” nos pueden servir para ahondar en el pesimismo o para espolearnos a encontrar vías de solución posibles. Por supuesto, escogemos lo segundo. Propongo tres “ejes” en torno a los cuales podemos girar. El primero es el eje virtudes-habilidades-técnicas. El desarrollo del conocimiento y del saber necesita un marco y un contexto que viene dado por el desarrollo de ciertas virtudes que acabarán transformándose en técnicas. El esfuerzo, la perseverancia, la constancia, el altruismo, el respeto, la escucha son virtudes que nacen y crecen en casa, en familia. Nuestros hijos las llevan “en la mochila” a la escuela y poco a poco, cuando se han entrenado y desarrollado, se convierten en “estrategias” tales como la atención, la motivación, la voluntad para estudiar o la capacidad para retener y evocar. Después, la escuela, en ese marco de valores y virtudes nacidas y cuidadas en la familia, desarrolla su cometido (y no al contrario). De hecho, los docentes no se quejan tanto de los malos resultados cuanto de la falta de interés y la carencia de habilidades para ello. Lo uno va ligado a lo otro.

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