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Revista junio - 2010
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La última cima
José Luis Panero
Entrevista a Juan Manuel Cotelo
El 4 de junio se estrenará en salas de cine de España la pelÃcula «La última cima», un emotivo e inteligente largometraje documental sobre Pablo DomÃnguez, sacerdote madrileño de 42 años que falleció en febrero de 2009 en un accidente en la montaña cuando descendÃa la cima del Moncayo. No es fácil encontrar hoy en los medios de comunicación modelos de buenos sacerdotes. En cambio, abunda la información, exhaustiva y detallada, sobre sacerdotes que dan ejemplo de mal comportamiento. Sabemos casi todo sobre ellos, gracias al trabajo de muchos periodistas, guionistas y directores. «La última cima», dirigida por Juan Manuel Cotelo, muestra un tipo de cura del que nadie habla: el sacerdote generoso, alegre, servicial, humilde... Pablo, decano de TeologÃa de la Facultad San Dámaso, encaja perfectamente en el equipo de sacerdotes anónimos que sirven a Dios, sirviendo a los demás. Pablo es, nada más y nada menos, que un buen cura. Veintisiete horas de grabación recogen los testimonios de familiares, amigos, alumnos y miembros del clero, que se han condensado en 82 minutos. El resultado es un documental ágil y vibrante, incapaz de dejar indiferente a nadie, independientemente de las creencias, además de promover una reflexión sobre el sentido de la vida. El filme dispone de página web (www.laultimacima.com) donde encontraréis los dos trailers de la pelÃcula. Y como este documental es el único que habla bien de los curas (no podÃa ser menos en el contexto del año sacerdotal) he tenido la osadÃa de entrevistar para Ciudad Nueva a su director, Juan Manuel Cotelo.
–¿Qué le empuja a rodar el documental?
–En justicia, debo decir que no sólo me resistà a conocer a Pablo, sino que también me negué en rotundo a hacer una pelÃcula sobre él y sobre los sacerdotes, hasta que la evidencia pudo conmigo: habÃa que estar ciego para no ver en él una historia preciosa que merecÃa la pena ser contada, y que nadie iba a contar en cine y TV, si no lo hacÃa yo. Tuve la inmensa suerte de conocerle dos semanas antes de su muerte. Encontré un sacerdote simpático, alegre, profundo, cariñoso y cercano, que inmediatamente se puso a mi servicio. Luego, cuando supe que habÃa fallecido, encontré varias circunstancias con las que me identifiqué: nació tres dÃas antes que yo, en el mismo barrio, y compartÃamos nuestro amor a las montañas. Pienso que también nos unÃa el deseo de presentar el amor de Dios a los hombres de modo amable, atractivo, simpático, optimista, para todos los públicos, como el Evangelio. Luego supe que en su funeral hubo 3.000 personas, entre ellas 26 obispos y empecé a averiguar más cosas sobre su vida… Al final la evidencia pudo conmigo: habÃa que contar esta historia, a todo el mundo, con la mejor calidad técnica y la mayor creatividad posible.
–¿Por qué no una pelÃcula con actores?
–No lo descarto en el futuro. Hemos rodado 27 horas de entrevistas con personas que le conocieron y, la verdad, es que su vida da para más de una pelÃcula. No sólo porque era un buen sacerdote, sino porque su vida está plagada de situaciones divertidÃsimas, dramáticas, sorprendentes, emocionantes… Hay de todo en la vida de Pablo, porque él vivÃa su entrega a los demás sin ponerse lÃmites. DecÃa de sà mismo que era “sacerdote 24 horasâ€, “un guerrillero de Diosâ€. Mete a un cura asà en mitad de la calle… y verás lo que genera: un aluvión de encuentros con Dios, a través de él. Estoy convencido de que su ejemplo va a dar la vuelta al mundo.
–«La última cima» es un homenaje a un cura. ¿Lo es también para echar por tierra todas las barbaridades que se han dicho siempre sobre los sacerdotes?
–No. No hay en esta pelÃcula –ni en ninguno de mis trabajos- ningún ánimo de enfrentarme a nada ni a nadie. Lo que sà hay, en cambio, es un ánimo de contar toda la verdad sobre los sacerdotes. Y la verdad es que hay sacerdotes que se comportan de modo lamentable, horroroso, que hacen daño a las personas, que causan un daño tremendo… La verdad es que hay sacerdotes que no son fieles, ni siquiera, a la Iglesia a la que pertenecen. Ésa es la verdad y no me parece mal contarlo. No se puede tener miedo a la verdad. Y en la Iglesia, desde el principio, ha habido traidores. Y la verdad es, también, que ese tipo de sacerdotes son la minorÃa en la Iglesia. La verdad es que recibimos información exhaustiva sobre los sacerdotes que hacen cosas malas, pero nadie informa sobre los buenos sacerdotes, que son la mayorÃa. Hay 400.000 sacerdotes en el mundo, ¿cuántos de ellos son pederastas, ladrones, corruptos, mujeriegos, fanáticos, desleales…? Si tiramos por alto, no llegan al 1 por ciento. Y, sin embargo, nadie habla del 99% restante. Nadie habla de los sacerdotes buenos, alegres, generosos, que con su entrega a Dios y a los demás hacen que muchas personas, entre las que me encuentro, seamos más felices. Y la verdad es que los propios cristianos hemos escurrido el bulto a la hora de contar la belleza de nuestra fe, la belleza del sacerdocio. En resumen: yo no me preocupo de lo que hacen otros, sino de lo que yo hasta ahora no he hecho: dar la cara por la Iglesia y agradecer públicamente a los sacerdotes el inmenso bien que me han dado siempre.
–¿Hasta qué punto el ejemplo de Pablo puede trasladarse a los laicos?
–El ejemplo de Pablo es para todo el mundo, porque sus virtudes son las que toda persona deberÃa vivir. Lo que destacan de Pablo quienes le trataron era su alegrÃa, con cuánta atención escuchaba a las personas, cómo se ponÃa al servicio de quien tuviera delante, cómo jamás hablaba de sà mismo, de qué modo se hacÃa amigo de toda persona: creyentes, ateos, mendigos, ricos, homosexuales, niños, ancianos, estudiantes, obreros… Todo eso es completamente imitable. No son virtudes para un cura, sino para toda persona. Con Pablo se demuestra que el Evangelio no es para unos privilegiados, sino para todo ser humano. Su ejemplo es un estÃmulo de vida para cualquiera. De hecho, son muchos los ateos que han visto la pelÃcula y se han conmovido por su ejemplo, agradeciéndonos que hayamos hecho este documental. Y el modo con el que trataba a Dios no era diferente del modo con el que trataba a las personas: con amor.
–¿Qué le ha conmovido más durante el rodaje?
–El descubrimiento de la huella profunda y hermosa que una persona puede dejar en los demás, cada dÃa de su vida. Porque Pablo no sólo era conocido, sino que era, sobre todo, querido. A Pablo no se le conocÃa y admiraba o respetaba… A Pablo se le querÃa, mucho, en muchas partes del mundo. Conmueve comprobar que en él se cumple el diagnóstico que Jesucristo propuso a los primeros cristianos: “en esto reconocerán que sois mis discÃpulos, en que os amáis unos a otros como yo os he amado.†Pablo amaba asÃ.
–¿En cuánto ha cambiado su percepción de la vida y el mundo tras su magnÃfica «El sudor de los ruiseñores»?
–Aquella pelÃcula me ha dado lecciones importantes, hasta hoy. Sobre todo, me ha dado amistades Ãntimas que surgieron a raÃz de la pelÃcula y del libro que escribà después. DirÃa que la lección que más valoro es la descubrir el peligro de la vanidad. Descubrà que la profesión “director de cine†tiene un barniz pegajoso de vanidad, de autocomplacencia, que te convierte, además de director, en un estúpido. Procuro sumergirme más en el mundo de los obreros, los médicos, los tenderos, los taxistas, los jardineros… que en el mundo del cine, para no perder nunca la perspectiva real de las cosas. “Director de cine†no es más que ninguna de esas profesiones, que jamás reciben premios ni aplausos del público.
–¿QuerÃa rodar una pelÃcula con moraleja?
–No. Simplemente, quiero contar las mismas historias que me llenan a mÃ. No pretendo convencer a los espectadores de nada. Si algo me emociona… lo quiero compartir. Si en algo encuentro belleza… lo quiero compartir. Si me rÃo con algo… quiero que otros se rÃan. Procuro contar las mismas historias que me ha gustado escuchar. Mi razonamiento espontáneo suele ser: “qué pena que esto no llegue a más gente, porque seguro que les gustarÃa conocerlo.†Luego, siempre dejo que el espectador saque sus propias conclusiones. Parece una perogrullada, pero no me gusta, como espectador, sentir que el director me está manipulando. Yo procuro hacer lo mismo con mis espectadores.
–¿Qué reacción espera del espectador, fuera de los cánones del creyente?
–No espero una reacción distinta en creyentes y en no creyentes, porque no creo en esa distinción de grupos, que me parece absurda y anticristiana. La mayorÃa de mis amigos, de las personas a las que más quiero, no son creyentes. Hubo quien se escandalizó de encontrar a Jesús en casa de personas que eran conocidos públicamente como pecadores. ¡A saber lo que harÃan para que se les identificara por sus pecados! Y sin embargo… Jesús está ahÃ, con ellos, dando su vida por ellos. Literalmente, ¡dando su vida! No es cristiano que un cristiano establezca una barrera, ni siquiera milimétrica, con una persona sin fe.
–¿Reflexiona la pelÃcula sobre el uso correcto de la conciencia y de que somos finitos?
–En la pelÃcula se habla mucho de cómo Pablo aprovechaba el tiempo y de lo que supone para todos la muerte: una puerta oscura que nos conduce a la vida eterna. Se habla de cómo el Cielo empieza aquÃ, en la tierra. Y de cómo no hay que buscar a Dios en los razonamientos intelectuales, sino en el trato personal, cara a cara. Se habla del valor de las cosas, de los nombramientos, de los honores… todo eso caduca. Se habla de un lugar al que no ha llegado la crisis económica y donde cualquier inversión es garantÃa de rentabilidad: el cielo.
–¿Qué piensa de la familia?
–¿Qué voy a pensar? Supongo que lo mismo que cualquier persona con familia. Que no somos animales solitarios e individuales. Que la vida compartida es más hermosa que la vida egoÃsta. Que los padres, los hijos, los hermanos, los primos, los abuelos, el cónyuge… son nuestro primer prójimo, las personas a las que hay que manifestar amor, en concreto, sin conformarnos con palabras vacÃas. Que si no eres capaz de perdonar a tu padre, a tu hermano, a tu hijo… tu capacidad de amar ha fracasado. Que si tienes una familia que te ama y a la que amas, ya no necesitas que te toque la loterÃa, porque no hay premio más gordo que ése. Y que si en una familia se deja espacio para que conviva Jesucristo… ¡esa casa se va a llenar de su alegrÃa, de su paz y de su amor! Dios es el mejor padre, el mejor Hermano. Y la Virgen MarÃa, dentro de una familia, aporta la dulzura que sólo Ella puede dar. El amor de Dios y de la Virgen es el mejor cemento de unión para una familia.
–¿La cinta traslada un mensaje vivificador sobre la libertad humana?
–Supongo que sÃ, porque serÃa contradictorio presentar a Dios como a un dictador. Dios respeta absolutamente nuestra libertad y sólo se le puede amar libremente. Un amor obligado, no es amor, es interés, es miedo al castigo, es algo horrible de lo que uno desea librarse.
–¿En la vida nada es casual, sino providente?
–Leà hace tiempo algo que me gustó, escrito por Tom Wolfe: “la casualidad es el disfraz que usa Dios para conservar el anonimatoâ€. Asà lo creo. La vida de cada uno es el resultado de sumar las casualidades que uno no controla con la libertad de los propios actos. No estamos condicionados, como la pura materia, que depende de la inercia. Podemos modificar nuestro rumbo. En eso sabemos que somos espirituales. Las circunstancias de la vida son oportunidades que tenemos para actuar bien, mal… o para no hacer nada. Lo importante es dejarse sorprender, no tratar de controlar al cien por cien nuestros actos. Para mÃ, sin duda, lo más hermoso de mi vida siempre ha sucedido sin que yo lo planificara… pero con el consentimiento final de mi voluntad. Como conocer a Pablo, por ejemplo. Como hacer esta pelÃcula, por ejemplo.
–¿De qué manera animarÃa a que el espectador acuda a ver su documental?
–Lo primero, con esta pelÃcula y con la vida en general, es librarse de prejuicios, atreverse a encontrar algo que uno no espera. Y luego, al terminar, cada uno podrá seguir como hasta entonces o tratar de mejorar, para que, cuando uno se muera, puedan decir de él o ella lo que dicen de Pablo: que supo amar. Es el único Curriculum Vitae que importa: cuánto has amado.
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