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Revista abril - 2010
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Palabra y vida
> A fuerza de tenacidad
A fuerza de tenacidad
Recogido por Mª José Borrego
El barrio, lo amigos, el amor... y los hijos adoptados. Retazos de una historia sencilla y conmovedora.
Recuerdos de los catorce años: «Algunos de mis amigos empezaron a ir a la parroquia y yo los veÃa contentos, metidos en cosas interesantes: música, festivales, catequesis, excursiones…». Estaban siempre felices y eso atraÃa. Se notaba que se querÃan y que querÃan a los que estaban a su alrededor. «Todo aquello me iba fascinando. Era un mundo nuevo para mÃ, que era pequeña, tÃmida, humilde y vivÃa en un barrio periférico de Madrid». En algún momento, que no recuerda bien, oyó decir que Dios nos ama inmensamente. «Me impresionó tanto, me abrió unas perspectivas tan inimaginables, que me sentà libre, plena. HabÃa encontrado a Dios; mejor dicho, Él me habÃa encontrado a mÃ, y me amaba inmensamente». En ese grupo de amigos habÃa un chico con el que comenzó a tener una relación más estrecha. Se casaron. «No tenÃamos nada: un piso alquilado y un pequeño sueldo. Y tuve que aprender a estirar el dinero hasta fin de mes, a guisar, a comprar, a planchar… Todo se hacÃa difÃcil, incluso entre nosotros, que ya no compartÃamos tantas cosas como antes y nos costaba hablar». Llegó a pensar que se habÃa equivocado. Para colmo de esa sensación, pasaron dos años y los hijos no llegaban. «Supe que yo no podÃa tenerlos. El dolor era tan intenso y tanta la sensación de vacÃo, que rompà mi relación con Dios. ¿Cómo podÃa haberme llevado a una vocación y luego dejarme a medias? Un matrimonio sin hijos no tenÃa sentido. Un dÃa se lo dije abiertamente a mi marido, por si él querÃa escoger otro camino que no fuera junto a mû. Pero él, consciente de que la situación tenÃa hundida a su mujer, le hizo la declaración de amor más bella y sencilla que jamás hubiese ella imaginado: «Te quiero; no me hacen falta los hijos para quererte. Somos un matrimonio completo, un solo cuerpo, una sola alma». Algún tiempo después, en una ocasión de ésas que suscitan recuerdos especiales, se produce un diálogo con Jesús: «“¡Dámelo todo!â€, me decÃa. Y varias veces le respondÃ: “¡Ya te lo he dado, no tengo nada más!†Y Él: “Hay una parte de tu ser donde no me dejas entrar. ¡Tu imposibilidad de ser madre también es mÃa!â€Â». Fue entonces cuando se dio cuenta de que durante años habÃa guardado esto como quien esconde lo que no gusta, lo feo, para que no se vea. Y entre lágrimas dijo: «Es tuyo, pero no sé para que te va a servir». A renglón seguido, una plenitud inmensa, una luz y una paz que no conocÃa: «Volvà a “sentir†la relación con Dios. Jesús habÃa sanado mi llaga». Años después, gracias a unos amigos supieron que hay muchos niños en centros de acogida que no llegan a ser adoptados porque no cumplen las caracterÃsticas que los padres adoptivos desean: tienen ya cierta edad, o son varios hermanos que no quieren separarse, o sus historias son duras, o tienen limitaciones fÃsicas o psÃquicas. «Nunca nos lo habÃamos planteado, ni creÃamos tener cualidades ni medios económicos. Además vivÃamos volcados en otras cosas, habiendo asumido ya nuestra falta de hijos». Todo ocurrió muy deprisa. El marido, con su humor acostumbrado, estaba convencido de que no saldrÃan elegidos: «Habrá mil mejores que yo», decÃa. Pero se decidieron y empezaron los trámites: entrevistas, reuniones, asistentes sociales, psicólogos… Finalmente, la idoneidad.
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