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articulo

A fuerza de tenacidad

Recogido por Mª José Borrego

El barrio, lo amigos, el amor... y los hijos adoptados. Retazos de una historia sencilla y conmovedora.
Recuerdos de los catorce años: «Algunos de mis amigos empezaron a ir a la parroquia y yo los veía contentos, metidos en cosas interesantes: música, festivales, catequesis, excursiones…». Estaban siempre felices y eso atraía. Se notaba que se querían y que querían a los que estaban a su alrededor. «Todo aquello me iba fascinando. Era un mundo nuevo para mí, que era pequeña, tímida, humilde y vivía en un barrio periférico de Madrid». En algún momento, que no recuerda bien, oyó decir que Dios nos ama inmensamente. «Me impresionó tanto, me abrió unas perspectivas tan inimaginables, que me sentí libre, plena. Había encontrado a Dios; mejor dicho, Él me había encontrado a mí, y me amaba inmensamente». En ese grupo de amigos había un chico con el que comenzó a tener una relación más estrecha. Se casaron. «No teníamos nada: un piso alquilado y un pequeño sueldo. Y tuve que aprender a estirar el dinero hasta fin de mes, a guisar, a comprar, a planchar… Todo se hacía difícil, incluso entre nosotros, que ya no compartíamos tantas cosas como antes y nos costaba hablar». Llegó a pensar que se había equivocado. Para colmo de esa sensación, pasaron dos años y los hijos no llegaban. «Supe que yo no podía tenerlos. El dolor era tan intenso y tanta la sensación de vacío, que rompí mi relación con Dios. ¿Cómo podía haberme llevado a una vocación y luego dejarme a medias? Un matrimonio sin hijos no tenía sentido. Un día se lo dije abiertamente a mi marido, por si él quería escoger otro camino que no fuera junto a mí». Pero él, consciente de que la situación tenía hundida a su mujer, le hizo la declaración de amor más bella y sencilla que jamás hubiese ella imaginado: «Te quiero; no me hacen falta los hijos para quererte. Somos un matrimonio completo, un solo cuerpo, una sola alma». Algún tiempo después, en una ocasión de ésas que suscitan recuerdos especiales, se produce un diálogo con Jesús: «“¡Dámelo todo!”, me decía. Y varias veces le respondí: “¡Ya te lo he dado, no tengo nada más!” Y Él: “Hay una parte de tu ser donde no me dejas entrar. ¡Tu imposibilidad de ser madre también es mía!”». Fue entonces cuando se dio cuenta de que durante años había guardado esto como quien esconde lo que no gusta, lo feo, para que no se vea. Y entre lágrimas dijo: «Es tuyo, pero no sé para que te va a servir». A renglón seguido, una plenitud inmensa, una luz y una paz que no conocía: «Volví a “sentir” la relación con Dios. Jesús había sanado mi llaga». Años después, gracias a unos amigos supieron que hay muchos niños en centros de acogida que no llegan a ser adoptados porque no cumplen las características que los padres adoptivos desean: tienen ya cierta edad, o son varios hermanos que no quieren separarse, o sus historias son duras, o tienen limitaciones físicas o psíquicas. «Nunca nos lo habíamos planteado, ni creíamos tener cualidades ni medios económicos. Además vivíamos volcados en otras cosas, habiendo asumido ya nuestra falta de hijos». Todo ocurrió muy deprisa. El marido, con su humor acostumbrado, estaba convencido de que no saldrían elegidos: «Habrá mil mejores que yo», decía. Pero se decidieron y empezaron los trámites: entrevistas, reuniones, asistentes sociales, psicólogos… Finalmente, la idoneidad. «Nos encontramos ante los que iban a ser nuestros hijos, en medio de un cóctel de emociones indefinible, una combinación entre alegría inmensa y muchísimo miedo. Ahora teníamos dos hijos, de 12 y 9 años». Había que construir toda una vida juntos en poco tiempo, tarea nada fácil, ni para los “padres” ni para los “hijos”. «Nosotros perdíamos nuestros espacios de intimidad; ellos perdían su secretismo y su complicidad. ¡Una locura! Por las mañanas, para ir al colegio, no había manera de vestir a la niña. En su vida se había puesto un uniforme. Odiaba esa falda ¡y te lo decía a gritos a las nueve de la mañana!» El niño no quería ponerse el abrigo «¡aunque sea enero y la nieve me llegue hasta el cuello!». Tuvieron que pasar varios meses para entender que lo que había aprendido no servía para nada: «Mi educación, mis esquemas, mi forma de pensar eran obstáculos en la relación con mis hijos, y debía empezar desde cero. Más aún, debía entrar en su forma de sentir, pensar como ellos y hablar como ellos, si quería que nos comunicásemos de verdad. Y era yo quien debía romperme y adaptarme a ellos, y no ellos a mí». A partir de ahí comenzaron a asumir las lagunas educativas de los hijos, a potenciar sus habilidades, a invertir la escala de los valores. Juntos afrontaban cada día, porque no se sentían con capacidad para más. «Hemos experimentado en nuestra piel que hay muchos listones sociales puestos a una altura que los más débiles no pueden saltar». El chico, por la edad, cursaba la ESO, pero durante cinco horas diarias no entendía nada de lo que le decían. «Se entretenía tirando bolitas de papel al de delante, y sobre todo pasaba mucho tiempo sentado en el pasillo, fuera de la clase». Buscarle un centro donde no se sintiera inferior resultó difícil y caro, pero buscaron algo que le proporcionara alguna satisfacción y no le hiciese sentirse acomplejado. Los niños, después de algún tiempo, llegaron a hablar de sus vivencias, demasiado duras incluso para un adulto. Pero eso sólo después de haber pasado muchas noches en vela o yendo de una habitación a otra por culpa de las pesadillas, los miedos y los ruidos. «Mi hijo ahora es un muchacho alegre, vivaz, muy trabajador. Se ha independizado, tiene novia y quieren formar su propia familia. Mi hija sigue sus estudios con algún altibajo, pero es tenaz… y muy buena futbolista, la pichichi de su equipo en la liga femenina de primera preferente». Cuando uno se embarca en una aventura por amor, todo acaba siendo un bello programa elaborado por el infinito Amor de Dios. Sigues un camino que jamás te habrías imaginado.


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