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Islam medieval: Estrellas, números, poesía...

Miguel Galván

El atractivo misterioso de Omar Jayyam, genio polifacético al que todavía hoy cuesta darle una interpretación definitiva.
Se oye hablar a menudo de Irán en los medios de comunicación, de sus líderes y de sus políticas discutibles, pero en general olvidamos que este pueblo, conocido como persa en otros tiempos, ha dado grandes figuras a la humanidad, entre ellos poetas de la talla de Nezami o Rumi, contemporáneo éste de san Francisco de Asís y considerado por muchos como el poeta místico más grande de todos los tiempos. La Persia de las fabulosas alfombras, de las miniaturas increíbles, de las impresionantes mezquitas de cerámica azul sentía un amor visceral por sus poetas y los amaba como a sus santos chiíes. La pasión por la poesía todavía hoy lleva a muchos iraníes a Shiraz (antigua capital de Persia, a 70 km de la inmortal Persépolis) para visitar los mausoleos de Hafez y Saadi; o a Mashad, para honrar la tumba del poeta épico Firdusi. Eran poetas enamorados de la sabiduría celestial, celebraron la gloria de su nación y de sus héroes, se sumergieron en la fábula, hicieron guiños a los espíritus y a la magia, se embriagaron de historias de amor y se internaron en los espacios infinitos de la poesía mística. Entre todos ellos, Omar Jayyam ocupa un lugar muy especial. En la grandiosidad del Islam medieval, hay sitio también para este personaje impenetrable y provocador que, por otra parte, se conoce muy poco. En Oriente, a Jayyam se le recuerda sobre todo como un gran matemático y astrónomo, genial malabarista de estrellas y números. En Occidente es el poeta persa más popular, especialmente por la afortunada, aunque no muy fiel, traducción de sus rubaiyat (cuartetas) en el siglo XIX a cargo del inglés Edward Fitzgerald. Omar Jayyam nació en la primera mitad del siglo xi probablemente en Nishapur, provincia de Khorasán, en el nordeste de Persia. Su apellido significa “fabricante de tiendas” y al parecer deriva de la profesión de su padre. Fue uno de esos contados genios polifacéticos de la historia. Podía tratar con absoluta propiedad de muchas materias y pasar de las matemáticas a la teología o de la astronomía a la poesía con facilidad y profundidad. En 1074 empezó a trabajar en el nuevo observatorio de Ray, lo que le permitió llevar a cabo su encargo de reformar el calendario de manera científica. Su calendario, llamado “jalali”, resultó ser más exacto que el gregoriano. De hecho, Omar Jayyam midió la duración del año en 365,24219858156 días, número que sólo en el siglo XIX sería corregido en la sexta cifra decimal (!): 365,242196 días. Como matemático dejó importantes trabajos de álgebra, sobre la solución de ecuaciones de tercer grado y sobre la intersección de las secciones cónicas.

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