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Desarrollo integral

Vera Araújo

En medio del maremágnum de noticias con las que los medios de comunicación (no todos) compiten para confundir a la gente, Benedicto XVI ofrece palabras claras y comprensibles en su última encíclica “Caritas in veritate”.
En medio del maremágnum de noticias con las que los medios de comunicación (no todos) compiten para confundir a la gente, Benedicto XVI ofrece palabras claras y comprensibles en su última encíclica “Caritas in veritate”. Se podrá estar de acuerdo o no, pero nadie puede negarle coherencia al Papa ni el esfuerzo por decir las cosas como son. Puede hacerlo porque su deber, que es a la vez su propósito, es orientar las conciencias y, entre otras cosas, proponernos a todos que cambiemos nuestro estilo de vida. Y no puede sino ser así, porque la crisis actual no es sólo un hecho económico, sino un problema ético. Para cambiar nuestro estilo de vida se requiere que usemos la inteligencia y la voluntad para tomar decisiones bien precisas, individual y colectivamente. Tenemos que elegir entre vivir según nuestras posibilidades reales y sin endeudarnos insensatamente o no; entre descubrir el bienestar fuera de las cosas materiales, en las relaciones sociales positivas, en la solidaridad y en la gratuidad o no; entre administrar nuestro planeta con cuidado por el bien de las futuras generaciones o no; entre vivir mejor la igualdad y la justicia por lo que respecta al trabajo, a la producción y a la distribución de los bienes de la tierra o no; entre dejar de mirarnos con desconfianza calificándonos como emigrantes, extranjeros o, peor aún, de raza inferior o superior o no; entre reconocernos unos a otros como seres humanos y, para los creyentes, como hijos del mismo Padre, que ama a todos, o no. Y la lista no es exhaustiva. Pues bien, si no se siguen estas opciones –el Papa lo dice claramente en su encíclica–, nos esperan peligros inimaginables y sufrimientos hasta ahora desconocidos. ¿Catastrofismo? ¡En absoluto! Más bien, sano realismo para que abramos los ojos y pongamos manos a la obra. El procedimiento es sencillo y complejo, conocido e ignoto: la caridad en la verdad. Esa caridad sencilla pero madura, inteligente para aprovechar las “ocasiones”, voluntariosa y delicada, respetuosa e imaginativa. Una caridad abierta para acoger a cualquier persona, para hacerla sentirse a gusto, que está dispuesta a compartir, a ayudar, a asistir, incluso a defender. Un reto a la altura del hombre, que nos interpela a dar lo mejor de nosotros mismos en todo momento, tanto en la vida diaria como en los momentos cruciales. Si es así, entonces sí que podemos ser optimistas y realistas a la vez; sí que podemos confiar en nuestras capacidades, en nuestra potencialidad y en Dios, que nos acompaña con su amor, su perdón y su misericordia. Una invitación a hacer lo mismo con nuestros hermanos de viaje.


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