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Bolivia y sus (im)posibilidades

Lucas Cerviño (desde Cochabamba)

El mestizaje en Bolivia ha de ser entendido no como una síntesis de dos culturas, sino como una identidad amplia y compleja que va desde el mestizo-indio al mestizo-blanco.
Bajando por la carretera que desciende desde la pujante ciudad de El Alto hasta la hondonada de La Paz, te encuentras un monumento que data de hace tiempo. Y ahí está escrito: “Bolivia, unidad en la diversidad”. Al verlo, te surge una duda: ¿utopía, realidad o posibilidad? Desde su nacimiento, en 1825, la historia del país está marcada por la tensión entre la diversidad cultural (quechuas, aimaras, guaraníes, chiquitanos, moxeños, etc.) y la unidad articulada por un Estado generalmente excluyente. Prueba de esto es que hasta la década de los 50 no se permitía a los indígenas entrar en la plaza Murillo, donde está la Casa de Gobierno. Si bien es cierto que la revolución nacionalista de 1952 se articuló a partir de una alianza entre clases y grupos sociales (obreros, indígenas e intelectuales), su proyecto tuvo como base un mestizaje inducido y homogeneizador. La demostración de esto es el hecho de que los gobiernos de la época utilizaron el término “campesino” para designar a los indígenas, acentuando su condición laboral-social más que cultural. Esta unidad uniformadora es la que ha entrado en crisis a partir de la irrupción en política de esos sectores tradicionalmente excluidos. Dicha irrupción se venía gestando desde la década de los 70 y quedó reflejada en las elecciones históricas de 2005, cuando el 54% de los electores dieron su apoyo a Evo Morales, primer presidente indígena-sindicalista de un país donde el 65,5% de la población se siente indígena y donde al mismo tiempo un 68,9% se autodefine como mestizo, según una encuesta del año 2006. Estos datos, que a primera vista parecen contradictorios, muestran la fuerte reconfiguración cultural que vive este país, donde el mestizaje ha de ser entendido no como una síntesis de dos culturas, sino como una identidad amplia y compleja que va desde el mestizo-indio al mestizo-blanco. Cecilia Salazar de la Torre, investigadora y docente universitaria de Ciencias del Desarrollo, afirma que «hasta el momento, fue el mestizo blanco el que le dio contenido a la nación y la bolivianidad. Hoy, éstas están siendo disputadas por el mestizo-indio, en la perspectiva de darle otra sedimentación “desde abajo”». Esta matriz cultural indio-mestiza es la que ha adquirido legitimidad y poder en los último años. Por eso, según el abogado constitucionalista Carlos Alarcón, «la boliviana es una crisis de Estado, debido a la existencia de dos legitimidades contrapuestas, que responden a dos visiones de país diferentes: la indígena comunitaria y la occidental liberal». El gobierno actual claramente se adhiere a la visión “indígena comunitaria” o “descolonial comunitaria”, como la llama el ex ministro de educación, Feliz Patzi, que pertenece al partido oficialista Movimiento Al Socialismo (MAS). Afirma Patzi que «hay una demanda histórico-colonial: que las oportunidades (laborales, académicas, políticas y económicas) sean iguales para todos, indígenas y no indígenas, dando fin así a discriminaciones étnicas». Pero este proyecto político del gobierno, que acentúa la necesidad de una reforma total del Estado republicano teniendo presente las prácticas culturales indígenas, colisiona con la visión “occidental neoliberal” que se ha rearticulado en la región oriental de Bolivia, donde hay una menor presencia indígena. Esta región atesora abundantes recursos naturales y es el centro industrial del país, y para mantener el control sobre ambas fuentes de riqueza, ha contrapuesto a la reforma constitucional del gobierno su demanda de autonomía. Una mayor autonomía, según el politólogo Róger Cortez, es «necesaria», pero con ella «los sectores que monopolizaron el poder durante medio siglo intentan frenar una transformación integral». Para muchos, la crisis boliviana está generando una desagregación que dificulta cada vez más la búsqueda de aquello que une. Hemos visto muchas manifestaciones y mucha defensa de visiones distintas, entre las que sobresalen, porque son opuestas, la visión democrática de pactos partidarios frente a la visión sindical de mayorías, y la visión occidental globalizadora frente a la visión indigenista excluyente. Y el escenario cada día se polariza más, y tanto el gobierno como la oposición política y regional deberían de reconocer su ceguera y particularismo. Después del referéndum de agosto de 2008, con el que el gobierno se vio ratificado por un 67% de los votos, una posibilidad es que imponga su visión de país a la fuerza. Otro camino es que ambas propuestas sigan presentes, originando de manera periódica conflictos y enfrentamientos breves hasta que finalice el mandato de Evo Morales. Otra posibilidad, la más lejana, es que la región oriental del país se separe, con los conflictos que ello acarrearía inevitablemente. Pero el desenlace que la población sigue anhelando y esperando es un diálogo sincero y abierto que pueda integrar ambas visiones del país. Y esa integración tiene que realizarse superando la tentación de unos y otros de imponer un solo código de sentido, sea éste el “indígena” o el “occidental”. Esa integración ha de nacer de la búsqueda sincera de la identidad nacional superando los “esencialismos” indígenas y la pureza “blancoide” occidental. Aquí radican la potencialidad y la riqueza del momento histórico que vive Bolivia: en la posibilidad de comenzar a articular un Estado y una nación reconociendo y dando espacio institucional y estructural a la diversidad cultural, que es diversidad económica, jurídica y educativa entre otras cosas. El gran desafío de Bolivia es promover un desarrollo humano real, amplio y creciente, y será posible en la medida en que los actores políticos y sociales sean capaces de dar su aportación a un Estado intercultural, en el que la diversidad fortalezca las identidades y se reparen las injusticias que han marcado la historia del país.


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