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Revista mayo - 2009
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Viaje apostólico: Lo que hemos visto y oÃdo
Manuel MarÃa Bru Alonso
Este viaje servirá para que oigamos una doble llamada de Dios: el clamor de los pobres y el testimonio de la Iglesia.
Camerún y Angola fueron los destinos de Benedicto XVI en su visita a Ã�frica en el mes de marzo y sólo algunos medios de comunicación católicos hicieron un seguimiento adecuado de este viaje apostólico. La mayor parte del resto de medios se quedaron en unas declaraciones sobre la sexualidad humana, seguramente distribuidas por agencia, que el Papa habÃa hecho en el avión antes de pisar tierras africanas. Esas declaraciones no escandalizaron a los cameruneses ni a los angoleños, pues para ellos, católicos o no, lo importante era que un “hombre de Diosâ€� iba a hablarles y a bendecirlos. Para los africanos la palabra sobre Dios y la bendición de Dios es mucho más importante que para nosotros. Mientras el Papa estaba en Camerún, yo recorrÃa las zonas más pobres de Angola con una expedición de Ayuda a la Iglesia Necesitada. Al final, me unà al encuentro con el Papa en este paÃs. Lo que en Angola “hemos visto y oÃdoâ€�, expresión evangélica que remite al encuentro de los apóstoles con Jesús, tiene mucho que ver con la Buena Nueva: la esclavitud del hombre y su liberación. Hemos visto la miseria en que viven miles de angoleños en las apestosas calles de Luanda y de Luena, entre toneladas de escombros y basura. Hemos oÃdo el clamor de los pobres, que preguntaban con la mirada si su suerte podrÃa algún dÃa tener algo que ver con la nuestra. Hemos visto a las mujeres angoleñas, que son las que mantienen el poco orden familiar y social existente, cargadas con sus hijos más pequeños atados a la espalda, consiguiendo como pueden el pan de cada dÃa y un mÃnimo de higiene. Hemos visto jóvenes inquietos, buscando dónde y cómo recuperar el tiempo perdido de la guerra, para salir de su analfabetismo y ayudar en el cacareado proceso de reconstrucción nacional, empezando por reconstruir el sentido de sus vidas. También hemos visto un paÃs paralizado, caótico, desprovisto de todo, sin infraestructuras, sin industrias, sin empresas, sin profesionales, sin escuelas, con un pasado espantoso y un futuro incierto, con polÃticos corruptos, con una aristocracia heredada del sistema comunista implantado durante la guerra: un 1% de la población que acumula el 90% de la renta. En realidad, a éstos no los hemos visto. El Papa, al poco de volver de Angola, denunció la escasa presencia de Ã�frica en la reunión del G-20 en Londres, y dijo refiriéndose a los paÃses africanos que «aquéllos cuya voz tiene menos fuerza en el escenario polÃtico son los que sufren más los daños de una crisis de la que no son responsables» mientras que, «a largo plazo, son los que cuentan con mayor potencialidad para contribuir al progreso de todos». Hemos visto todo esto, pero también hemos visto la respuesta que da la Iglesia a todos estos males endémicos, esa Iglesia que el Papa puso de relieve. Se trata de una razón para seguir luchando por el futuro, que es la fe, y una mirada para confiar en él, que es la esperanza, y miles de caminos concretos para conseguirlo, que es la caridad. Hemos visto y oÃdo la alegrÃa y la valentÃa de una Iglesia viva, incansable y adorable: la Iglesia misionera de Ã�frica.
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