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Viaje apostólico: Lo que hemos visto y oído

Manuel María Bru Alonso

Este viaje servirá para que oigamos una doble llamada de Dios: el clamor de los pobres y el testimonio de la Iglesia.
Camerún y Angola fueron los destinos de Benedicto XVI en su visita a África en el mes de marzo y sólo algunos medios de comunicación católicos hicieron un seguimiento adecuado de este viaje apostólico. La mayor parte del resto de medios se quedaron en unas declaraciones sobre la sexualidad humana, seguramente distribuidas por agencia, que el Papa había hecho en el avión antes de pisar tierras africanas. Esas declaraciones no escandalizaron a los cameruneses ni a los angoleños, pues para ellos, católicos o no, lo importante era que un “hombre de Dios” iba a hablarles y a bendecirlos. Para los africanos la palabra sobre Dios y la bendición de Dios es mucho más importante que para nosotros. Mientras el Papa estaba en Camerún, yo recorría las zonas más pobres de Angola con una expedición de Ayuda a la Iglesia Necesitada. Al final, me uní al encuentro con el Papa en este país. Lo que en Angola “hemos visto y oído”, expresión evangélica que remite al encuentro de los apóstoles con Jesús, tiene mucho que ver con la Buena Nueva: la esclavitud del hombre y su liberación. Hemos visto la miseria en que viven miles de angoleños en las apestosas calles de Luanda y de Luena, entre toneladas de escombros y basura. Hemos oído el clamor de los pobres, que preguntaban con la mirada si su suerte podría algún día tener algo que ver con la nuestra. Hemos visto a las mujeres angoleñas, que son las que mantienen el poco orden familiar y social existente, cargadas con sus hijos más pequeños atados a la espalda, consiguiendo como pueden el pan de cada día y un mínimo de higiene. Hemos visto jóvenes inquietos, buscando dónde y cómo recuperar el tiempo perdido de la guerra, para salir de su analfabetismo y ayudar en el cacareado proceso de reconstrucción nacional, empezando por reconstruir el sentido de sus vidas. También hemos visto un país paralizado, caótico, desprovisto de todo, sin infraestructuras, sin industrias, sin empresas, sin profesionales, sin escuelas, con un pasado espantoso y un futuro incierto, con políticos corruptos, con una aristocracia heredada del sistema comunista implantado durante la guerra: un 1% de la población que acumula el 90% de la renta. En realidad, a éstos no los hemos visto. El Papa, al poco de volver de Angola, denunció la escasa presencia de África en la reunión del G-20 en Londres, y dijo refiriéndose a los países africanos que «aquéllos cuya voz tiene menos fuerza en el escenario político son los que sufren más los daños de una crisis de la que no son responsables» mientras que, «a largo plazo, son los que cuentan con mayor potencialidad para contribuir al progreso de todos». Hemos visto todo esto, pero también hemos visto la respuesta que da la Iglesia a todos estos males endémicos, esa Iglesia que el Papa puso de relieve. Se trata de una razón para seguir luchando por el futuro, que es la fe, y una mirada para confiar en él, que es la esperanza, y miles de caminos concretos para conseguirlo, que es la caridad. Hemos visto y oído la alegría y la valentía de una Iglesia viva, incansable y adorable: la Iglesia misionera de África. El Papa abogó en Angola por una sociedad auténticamente africana, capaz de superar los males del pasado y del presente, como la esclavitud, las rivalidades étnicas, la escasez de recursos, la explotación sexual, la droga y últimamente, contradiciendo lo esencial de la cultura africana, el aborto. También ofreció la ley de Dios, sus mandamientos, como una fuente de libertad y un camino de justicia. Aseguró que Dios nunca considera a los hombres, ni individual ni colectivamente, como un caso perdido, y pidió a todos más realizaciones concretas de la caridad y un trabajo de reconstrucción social a sabiendas de que es duro, penoso y lento. Y al tiempo que celebró la labor de los misioneros y misioneras que han dado su vida por la evangelización de este pueblo, pidió a los jóvenes –también los había de “Jóvenes por un mundo unido”– el testimonio de su disponibilidad a una entrega generosa. Lo dijo al final de un viaje histórico al continente más pobre, más violentado y más olvidado. El viaje ha servido sin duda para que este pueblo se sienta aún más querido por la Iglesia de Cristo, confiando en el Dios que es siempre bendición de amor para sus hijos más necesitados. Pero también el viaje servirá para que muchos de nosotros, que a lo mejor no habríamos puesto nuestra atención en esta tierra, oigamos una doble llamada de Dios: la del clamor de los pobres y la del testimonio de la Iglesia. Si amáramos más a los pobres y amáramos más a la Iglesia, tal vez descubriríamos que su testimonio de fortaleza desenmascara nuestras tibiezas y nos devuelve al regazo de un hogar en el que encontramos la verdad de nuestra vida: una paz y una justicia verdaderas y, sin demagogia ni utopismo, una fraternidad sin fronteras.


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