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Es tiempo de Navidad,

Clara Arahuetes


La Navidad es tiempo de celebración, un tiempo de paz tan necesaria hoy en Tierra Santa, que la vió primera; allí la Navidad tiene un significado especial al ser el lugar del Nacimiento de Jesús. En medio de la violencia que se ha desatado entre palestinos e israelíes, con miles de víctimas, entre ellas muchos niños, resuenan con fuerza las palabras del patriarca latino de Jerusalén: «Celebrar la Navidad significa traer a la vida de nuestro entorno tan herido ese deseo lleno de compasión, que Dios nos manifestó con el nacimiento de Jesús». 
El nacimiento de Jesús es un tema que ha interesado a los artistas de todos los tiempos. Un ejemplo son dos obras que se exhiben juntas en el Museo del Prado (primer piso, sala 007A): La Adoración de los pastores y La Adoración de los Reyes Magos, realizadas por el dominico fray Juan Bautista Maíno, un artista del siglo XVII. El pintor nació en Pastrana (Guadalajara) en 1581, su padre fue un comerciante italiano de paños y su madre estuvo al servicio de la famosa princesa de Éboli. A finales del siglo XVI viajó a Italia, donde se formó en las dos grandes corrientes pictóricas de la Roma de 1600: el naturalismo de Caravaggio y el clasicismo de Annibale Carracci y la escuela boloñesa. 
Las dos pinturas mencionadas formaron parte de El Retablo de San Pedro Mártir, de Toledo, donde ingresó como dominico en 1613. Al llegar de Italia en 1611, realizó las pinturas de dicho retablo. Los temas elegidos fueron las representaciones más importantes de la vida de Jesús, desde su nacimiento a su Resurrección, las llamadas Cuatro Pascuas. Siguiendo con fidelidad el Evangelio de San Lucas, la Adoración de los pastores ilustra el momento en que un grupo de pastores y ángeles contemplan y veneran al Niño Jesús. Las figuras se disponen en tres niveles. En el centro, la Virgen, San José y el Niño, que aparece recostado en un bloque pétreo, acolchado con hierbas y espigas. Destaca el gesto cariñoso de San José, que aparece inclinado sobre el recién nacido, cogiéndole la mano y besándola con ternura. El pastor más anciano dirige su atención hacia el Niño, los otros dos parecen abstraídos en sus pensamientos. Junto a ellos están sus ofrendas: una cabra, un cordero y una cesta con huevos. En la parte superior, los ángeles que parecen pilluelos de la calle, participan con curiosidad en la escena tras unas nubes a las que se agarran para no caerse. La escena tiene lugar en un edificio en ruinas, en un momento del atardecer. La perspectiva de abajo a arriba juega con los volúmenes y los planos en un sentido ascendente. La pintura de Maíno se caracteriza por el realismo con el que describe a los personajes y a los objetos que los acompañan y por la monumentalidad escultórica de sus figuras tratadas con una iluminación intensa y un colorido vivo. El pintor utiliza varios puntos de luz, que conducen nuestra mirada hasta detenerse en el gran foco luminoso del Niño Jesús. A través de la pobreza de los pastores frente a lo sagrado nos ofrece una imagen con la que cualquier creyente puede identificarse, y siempre llevan algún presente, porque no pueden presentarse con las manos vacías ante Dios.
En el barroco las pinturas están llenas de elementos simbólicos, los tres pastores representan las tres edades del hombre como símbolo de toda la humanidad. Un pastor toca la flauta porque con el sonido abre la vía de la salvación, la calabaza de peregrino significa la búsqueda del camino que conduce a la verdad. Otro lleva un cordero con las patas atadas (Agnus Dei) que simboliza el sacrificio de Jesús por la humanidad. El pastor de más edad lleva un carnero, símbolo de la libertad que anuncia Jesús. El gesto y la juventud de San José debe relacionarse con las directivas del Concilio de Trento: debía ser representado como un hombre joven que cuidara y protegiera a María y al Niño.

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