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San Millán de la Cogolla, cuna de la lengua castellana

Clara Arahuetes


En vacaciones tenemos posibilidad de viajar y descubrir lugares llenos de historia que nos asombran por su belleza, algunos además son Patrimonio de la Humanidad. Este  término se refiere al conjunto de bienes que deben ser protegidos y conservados para las futuras generaciones. Son monumentos o lugares que tienen una importancia cultural o natural extraordinaria, que trascienden fronteras por su significado para la historia de la humanidad. La lista de Patrimonio de la Humanidad nació en 1972 y desde entonces edificios, barrios, ciudades, espacios naturales y tradiciones singulares han recibido este reconocimiento de la UNESCO. Todos ellos tienen un valor universal desde el punto de vista histórico, artístico, etnológico o antropológico. 
España cuenta con 49 bienes materiales y 17 inmateriales. Entre ellos están los Monasterios de Suso y Yuso, situados en San Millán de la Cogolla (La Rioja). Ambos fueron declarados Patrimonio de la Humanidad el 4 de diciembre de 1997 por razones históricas, artísticas, religiosas, lingüísticas y literarias. Estas últimas han forjado la historia de esta tierra como cuna de la lengua castellana, que dio sus primeros pasos entre los muros del Monasterio de Suso. Además la declaración abarca también el espectacular entorno natural que los rodea.
El Monasterio de San Millán de Suso (suso derivada del latín y significa arriba) se formó a partir de una ermita rupestre y de la fama de santidad de Millán, impulsor de la primitiva comunidad monástica. Con el apoyo de los monarcas navarros primero y castellano-leoneses después, se convirtió en el primer santuario de peregrinación de la comarca. La fama de los milagros del santo Millán creció con el tiempo y muchos peregrinos, cuyo destino era Compostela, se desviaban para venerar sus reliquias.
Millán fue un eremita que vivió entre el año 473 y el 574. Era un humilde pastor de Berceo y discípulo del ermitaño Félix. Llevó una vida solitaria y penitente, primero en la montaña de Bilibio, cerca de Haro, y luego 44 años en los montes Distercios. El Obispo de Tarazona le encargó la parroquia de Santa Eulalia en Berceo, allí fue acusado de malversar el dinero y decidió retirarse al valle de Suso, donde transcurrió la última etapa de su vida. Murió a los 101 años.  Tras su muerte la comunidad que le seguía fundó cerca de su sepulcro el Monasterio de Suso. Hoy solo queda un pequeño templo que muestra las trasformaciones del edificio entre los siglos VI y X en función de su actividad: cuevas, cenobio visigótico, monasterio mozárabe y ampliaciones románicas.

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