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Crecer en humanidad

Susana Calvo


Llevo unos 20 años en la profesión médica, en el campo de la Neumología. Me gusta tratar a los pacientes, diagnosticarlos, cuidarlos… El hecho de ver la felicidad en cada una de estas personas, que de alguna manera sufren por la falta de salud, principalmente física pero también emocional, familiar, social y espiritual, me llena el corazón de alegría.
He tenido oportunidad de trabajar en varios hospitales que me han aportado un conocimiento de la medicina variado, contrastando así diferentes maneras de hacer las cosas con resultados igualmente favorables. El motivo de los cambios siempre ha sido mi compromiso personal de trabajar por la fraternidad universal en unas u otras ciudades. 
Hasta no hace tanto, al médico se le imaginaba a la cabecera del paciente, de hecho todavía se usa el término «médico de cabecera». La medicina está en pleno desarrollo, la robótica está entrando con mucha fuerza y cabe decir que con bastante precisión. El otro día un compañero jubilado explicaba, con añoranza, que tal vez estábamos olvidando los signos y síntomas clínicos que aportan los pacientes y que se pasa rápidamente a las pruebas más complejas, desde el fonendoscopio a la ecografía o pruebas de otra índole. Siguiendo la conversación comenté: «Ciertamente las pruebas nos ayudan pero escuchar al paciente y atender a su lenguaje corporal, así como nuestras manos y el instrumental médico, ha sido y sigue siendo para la mayoría de médicos la base de la toma de decisiones». 
La semana pasada una señora con Alzheimer no muy evolucionado acudió sola a la consulta y me preguntó si podía cambiar de inhalador porque el que usaba antes a ella le iba mucho mejor. Le respondí: «Claro que sí». Comentamos algunas cosas más de su enfermedad y de su entorno familiar y al final dijo: «¡Qué fácil es hablar con usted!». En otra ocasión entró en la consulta un hombre de 40 años que no respiraba bien debido a una congestión nasal considerable. Lo acompañaba su madre y llegaron discutiendo acaloradamente porque no podía hacer la espirometría, una prueba un poco exigente que consiste en soplar. Le habían dicho que, si no la hacía, no le podría atender el médico. Entraron en la consulta y les dije que no se preocupasen, que con calma íbamos a tratar cada una de las situaciones que se tenían que resolver. Al final de la consulta y cuando estaban a mitad del pasillo todavía agradecían por la atención que habían recibido.  

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