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articulo

Estereotipos en torno a la comunicación política

Ginés Marco Perles

Tras la última cita electoral, una reflexión sobre la escenografía política que busca recabar votos.


Uno de los rasgos más notorios que experimentamos en el momento presente es el de emplear abusivamente expresiones que han ido perdiendo su troquelado, de tal manera que el trascurrir del tiempo las ha convertido en irreconocibles. Puede ser el caso de un concepto de amplia onda expansiva y, al mismo tiempo, tan difuso como el de comunicación política. ¿En qué consiste la comunicación política? Una de las formas más socorridas para explicar su naturaleza es recurrir a la metáfora del teatro, como hacen Luis Arroyo en su libro El poder político en escena (2012) y Enrique Gil Calvo en su obra Comunicación política. Caja de herramientas (2018). Ambos modelos, que han merecido numerosas citas en la literatura especializada, incorporan en nuestra imaginación los elementos que componen el arte de Melpómene y Talía, musas de la tragedia y la comedia: el escenario, el público, los actores, la función, los autores del libreto y el repertorio de obras en programa. Tomando como referencia esos elementos, imaginaremos ahora, bajo esa imagen, el conjunto de actividades políticas. Su escenario típico en un primer momento estaba constituido por el Parlamento en la democracia representativa, siendo sus precedentes la corte regia en el Antiguo Régimen, y, más atrás en el tiempo, el ágora de la polis en la Antigüedad clásica. Y en la actualidad, los mass media (prensa, radio y televisión) y los new media (Twitter, Facebook). No obstante, tan importante como el escenario visible es su tramoya oculta: el backstage entre bastidores tras las bambalinas, allí donde se cocinan a puerta cerrada, y entre unos pocos sujetos, los grandes acuerdos negociados bajo cuerda de la política en penumbra. Puede valer como muestra de ello las negociaciones que asumen los jefes de gabinete de los candidatos políticos, con intención de fijar los temas, tiempos, modos, etc. a tratar en los debates electorales, que se retransmitirán con posterioridad a través de todo tipo de soportes audiovisuales. 
Continuemos con los componentes teatrales. El público está compuesto por la ciudadanía, tanto si se abstiene como si asume un rol comprometido y participa en la obra. Me estoy refiriendo a los electores, los votantes, los militantes, los activistas, los manifestantes; en definitiva, todos cuantos secundan y siguen la puesta en escena de la política animándola con silbidos y palmas, aplausos y abucheos, ovaciones y protestas, etc. Su papel es fundamental, pues sin público, o con escasos espectadores, la función decae. En cambio, si triunfa con apoteosis, entonces el público entra en trance colectivo y se genera la tan pretendida catarsis. Pero las grandes estrellas del teatro son los actores, los intérpretes, con quienes se identifican los espectadores, es decir, los líderes políticos y sus respectivos séquitos partidistas que se reparten los papeles protagonistas, agonistas y antagonistas escenificando un enfrentamiento dramático en el entarimado, bajo la máscara del poder y la oposición.
La función que se representa puede ser una comedia, como en los eventos ceremoniales o inaugurales, con profusión de cámaras, micrófonos, declaraciones y ruedas de prensa para responder a preguntas (perfil dominante) o sin conceder preguntas (perfil emergente); o un drama, como en los mítines enfervorecidos o en las manifestaciones callejeras que protestan a coro, en abierto conflicto con las autoridades; o bien una tragedia, como en los comicios que acaban con un vuelco electoral, en los que –como consecuencia de haber irrumpido con inusitada fuerza el paradigma de la democracia aritmética– asistimos a una proliferación de herramientas virtuales como las calculadoras de pactos postelectorales, encaminadas a que los usuarios realicen sus propias combinaciones en torno a qué fuerzas políticas pueden formar gobierno. En este escenario, deja de ser válido el aserto que, en forma de chascarrillo, se decía en las noches de recuento electoral: «todos dicen haber ganado». Más bien sucede todo lo contrario: un significativo número de contendientes reconocen la derrota (distinto será que afronten dimisiones), y solo dos grupos de candidatos predican a los cuatro vientos que han ganado: unos porque ciertamente han conseguido una mayoría suficiente que les legitima para iniciar consultas con vistas a formar gobierno, y otros porque se saben influyentes para marcar el rumbo de la futura legislatura. 
Pero aquí no acaban los géneros teatrales, pues a poco que nos planteemos qué cabe esperar de esa futura legislatura, podemos dar cabida a discursos sesudos y convincentes expresados durante el periodo de sesiones o, por el contrario, dar paso a una tragicomedia, un melodrama lacrimoso o una ópera bufa, donde las actuaciones histriónicas, como bravucones o polichinelas, tienen su asiento, mientras el público los corea entre risotadas y broncas cruzadas sin tomarse la función al pie de la letra. Entretanto, los autores del libreto permanecen agazapados en la penumbra de la concha del apuntador, supervisando a sus pupilos que deambulan como marionetas por el proscenio, y queriendo creer que son ellos quienes manejan a distancia los hilos que mueven a sus títeres. Me refiero, claro está, a quienes configuran la comunicación política por antonomasia: estrategas, ideólogos, spin doctors, gurúes, dircoms, asesores de imagen, consultores políticos, intelectuales orgánicos y demás asesores expertos en el denominado marketing político.

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