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EDUCACIÓN

Jesús García

Los peligros no deben llevarnos a apagar el ordenador
De entrada, una cuestión obvia. Las tecnologías de las que vamos a hablar (móviles, internet, chats, etc.) no son perversas en sí mismas; otra cuestión es el uso perverso de las mismas. De hecho, estos medios puestos al servicio de la solidaridad, de la fraternidad o de la justicia son muy eficaces. Nuestros hijos –no lo neguemos– son “hijos” de estas nuevas tecnologías y las entienden y utilizan mucho mejor que nosotros. Sin embargo, se hallan en situación de extrema vulnerabilidad ante ellas. ¿Cómo ayudarlos a usarlos de forma adecuada, para que les ayuden a crecer como personas y, en consecuencia, que no les perjudiquen? Al igual que los adultos, también los más jóvenes utilizan internet y móviles en función de sus necesidades y motivaciones; lo hacen para socializar, conocerse y compartir pensamientos y emociones sobre su vida académica, familiar, afectiva y, en general, para compartir ámbitos muy personales. Es decir, son chicos y chicas –personas– que mientras hablan con el móvil o navegan por internet desarrollan relaciones y viven experiencias. El “mundo” que se les propone a nuestros hijos en estos medios es percibido por ellos como una dimensión ideal, deseable pero sobre todo “verdadera” o, mejor dicho, que puede llegar a ser verdadera. La familiaridad con que usan estos medios les lleva a preferir lo virtual porque es más cómodo que las relaciones (a veces difíciles) “reales” con sus coetáneos y sus amigos. Además, aun siendo adolescentes y jóvenes “técnicamente competentes”, no se dan cuenta de las consecuencias de algunas de sus actitudes y de la implicación emocional en estas nuevas tecnologías, de modo que no se dan cuenta de los peligros que corren ante el uso no seguro de internet y de los móviles.

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