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articulo

Las gracias las doy yo

Antonio Espinosa

Retazos extraordinarios en una vida normal.
Una persona normal, sencilla, afable... Casado con Conchita, tienen cuatro hijos y una nieta. De profesión administrativo contable, le gusta la lectura y ha publicado trabajos en prensa y revistas, pero sobre todo le atrae la poesía. Les presento a Paco Hernández En su infancia aprendió a conocer y amar a Jesús. Siendo niño todavía, en cierta ocasión le dio a un sacerdote un papel en el que había escrito: «Quiero ser santo». En torno a los quince años, un día vio a un afilador ambulante acompañado de un hijo suyo de 6 ó 7 años. A Paco se le enternece el corazón y propone al afilador llevarse al chaval a su casa para darle vestido, un hogar y estudios. Al hombre la idea le pareció razonable y, con la anuencia del niño, se lo llevó a casa, como un miembro más de la familia. La experiencia duró una semana, porque el padre afilador «no podía pasar sin él». En su época juvenil, Paco trabajó en la pastoral gitana. En cierta ocasión una señora con un niño pequeño fue a parar al calabozo porque «se había equivocado de “bancal”» (huerta en la jerga levantina), apropiándose de productos agrícolas. Paco fue a verla y al reparar en que no había colchón para pasar la noche, fue a su casa a buscar un colchón para la señora. Ya adulto, se dirigía un día al trabajo portando bajo el brazo el bocadillo del almuerzo. Se le acerca un indigente que le pide para poder tomar algún alimento. Paco le entrega el bocadillo que llevaba. Y así, durante muchos días este pobre le aguardaba cerca del trabajo para recibir “su almuerzo”. En Alicante conoció a Conchita, se casaron y llegaron los hijos. Su vida de compromiso de fe se centra en su parroquia: colabora en la liturgia, en el consejo de pastoral, como ministro extraordinario de la Eucaristía y, con su esposa, en los cursillos prematrimoniales. No todo va sobre ruedas. De su trabajo como contable queda en desempleo y la economía se resiente. En este periodo ejerce como sacristán, lo que le aporta un pequeño alivio económico. Ello le permite pasar buenos ratos ante el sagrario: «A solas con Él le pedía que me modelara un corazón grande para poder amar a todos sin excepción. No tardó en responderme dándome oportunidad de participar en una Mariápolis. Fue un descubrimiento extraordinario y allí se afianzó mi determinación de seguir en todo a Jesús. El lema de este encuentro decía: “Entra en tu tierra e incéndiala con el Evangelio”. Esto me caló». Después siguieron otras Mariápolis en compañía de Conchita, y la participación en encuentros de Familias Nuevas y de la comunidad de los Focolares de Alicante y de Petrel. Desde que conoció la espiritualidad de la unidad Paco no ha dejado de alimentarse de este carisma: «Chiara me ha ayudado muchísimo con su testimonio y sus consejos. Me ha calado su carisma de unidad y de amor recíproco y me ha enseñado a amar sin límites». Por razones de trabajo, la familia se traslada a Villena (Alicante) y allí se encuentra con su verdadera vocación: servir a personas mayores enfermas o con poca movilidad. Comienza con una persona y en breve espacio de tiempo cuenta con cinco más: «Amaba a cada uno viendo en ellos a Jesús». Así estuvo varios años, hasta que una dolencia de lumbago/ciática aconsejó reducir algunas prestaciones, pero continúa realizando otras: paseos con el andador, compañía a domicilio y estar a disposición de estas personas las 24 horas del día para cualquier gestión de ambulatorio, médicos, farmacia, compra de artículos básicos... Cuando le dan las gracias, Paco responde: «Las gracias las tengo que dar yo, por la felicidad que me proporciona». La Palabra de vida constituye el alimento espiritual de Paco. Desde hace unos años distribuye 140 hojas de la Palabra de vida en parroquias y centros de la ciudad. Junto con otras personas promueve un grupo donde comparten las experiencias de vida del Evangelio ilustrado por los comentarios de Chiara Lubich. En estas reuniones se respira como una presencia de Jesús por el amor recíproco entre todos. Recientemente Jesús abandonado se le ha presentado de un modo especial: «Cuando los médicos me dijeron que tenía un tumor maligno, lo primero que hice fue aceptar de buen grado la voluntad de Dios y, acordándome de la pasión de Jesús, agradecerlo. Desde ese momento le ofrecí todo el proceso, abrazándome con fuerza a Jesús abandonado». Tras una operación, parece tratarse de uno de los tipos de cáncer menos agresivos. «Aunque hubiera sido el más grave –dice–, mi actitud sería la misma. Lo que me interesa es aceptar con alegría su voluntad y ser corredentor con Jesús, no sólo a través de las molestias que me depare el cáncer, sino también afrontando con decisión los contratiempos que diariamente se presentan». Así es Paco.



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