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San José, ¿rezamos juntos?

Félix Mercado

En el mes que la Iglesia propone para rezar el Rosario, una lectura apropiada.


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En los libros de historia la fecha del 7 de octubre remite sobre todo a la famosa batalla naval de Lepanto (Nafpaktos en griego), una localidad costera en el golfo de Corinto. Allí, ese día de 1571 una Liga de tropas europeas abanderadas por los Estados Pontificios detuvo definitivamente el avance de la expansión turca en Europa. En los libros de liturgia, en cambio, si bien ligado al mismo hecho histórico, el 7 de octubre se conmemora a Nuestra Señora del Rosario, pues en el aquel entonces, cuando el caldo cultural eruropeo era basicamente cristiano, se entendió que la victoria había sido posible gracias a la intevención de la Virgen. Y es que Pío V, el papa de aquel momento, inseguro de que la fuerza militar fuera suficiente para defender la Europa cristiana, exhortó a todos los fieles a rezar el Rosario e invocar la intercesión de María. De manera que, mientras en Lepanto se estaba desarrollando la batalla naval, en Roma se hacían procesiones y se rezaban rosarios por la victoria. Y una vez conocido el desenlace, el Papa instituyó la fiesta de Nuestra Señora de las Victorias, que más tarde pasó a denominarse de Nuestra Señora del Santo Rosario, por atribuirle a esta oración la gracia recibida. Más de un pintor ha dejado su propia versión del milagro.
 
La advocación mariana del Rosario y la costumbre de ir degranando Avemarías con los rezos se remonta al siglo XIII, cuando a santo Domingo de Guzmán se le apareció la Virgen y le encomendó difundir el Rosario, con la promesa de que «quien rece constantemente mi Rosario, recibirá cualquier gracia que me pida», así lo transmitiría dos siglos después Alano de Rupe, un discípulo de la Orden Dominica. Luego, en el siglo XVI, será san Pedro Canisio quien revitalice el rezo del Rosario, agregando al Avemaría unos versos: «Santa María, Madre de Dios, ruega por nosotros los pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte». Más recientemente, las apariciones en Lourdes y Fátima volvieron a dar impulso a estas plegarias llevadas a cabo en familia o en otro tipo de grupos. Y la última innovación a las cuentas del rosario la llevó a cabo el papa Juan Pablo II en 2002, cuando añadió a los tradicionales misterios gozosos, dolorosos, gloriosos un nuevo conjunto de cinco reflexiones que denominó misterios luminosos y que ponen de relieve otros episodios de la vida de Jesús: su bautismo, las bodas de Caná, el anuncio del Reino, la transfiguración y la institución de la Eucaristía.
 
Tratando de acercar a sus feligreses el significado y la tradición de Rosario, el obispo estadounidense Daniel Henry Mueggenborg, de la diócesis de Reno, explica que «el uso de cuerdas anudadas para contar oraciones o versos de la Escritura es una práctica antigua encontrada incluso en culturas no cristianas. Más probablemente, la recitación cristiana de 150 de esas plegarias tenía el propósito de imitar la práctica monástica de la Liturgia de las Horas en que los monjes rezaban los 150 salmos cada día». Y añade que su estructura tal y como la conocemos hoy «se desarrolló de forma importante entre los siglos XII y XIV, repartiendo la gran colección de 150 oraciones en grupos de 50 separados por versículos o temas bíblicos, los llamados misterios. Son estos misterios, agrupados como un ramo de rosas en el jardín, lo que dio lugar al nombre de Rosario a esta forma de oración». Pero más que la explicación, que está muy bien, lo que este obispo subraya es que «el Rosario es una invitación a la experiencia de gracia de la maternidad espiritual de María mientras nos conduce a su Hijo, Jesús. Por esta razón, ha sido una fuente incalculable de gracias espirituales para los santos. Recuerda, cada vez que rezas el rosario tienes el privilegio y el honor de pronunciar el santo nombre de Jesús más de 50 veces»1.
 
Pues bien, una invitación similar es la que nos hace Teresa Gutiérrez de Cabiedes, autora del libro San José, ¿rezamos juntos?, subitulado rosario meditado, publicado por Ciudad Nueva. En este año que la Iglesia católica ha dedicado a la figura de san José (finaliza el 8 de diciembre) la autora ha querido «meditar los misterios del rosario de la mano de san José, cuando no lograba rezar por un enfermo grave de Covid». «En el profundo silencio de la madrugada –explica– la experiencia de rezar el rosario con san José fue un regalo inexplicable. Tanto que, al día siguiente, busqué a alguien que me hubiera precedido en este don para seguir sus pasos. Y no puede o no supe encontrarlo. Volví a pedir ayuda a san José: esta vez para pararme y contemplar los misterios, escribiendo, que es mi oficio». En definitiva, una oportunidad para el lector de sumergirse en este original y novedoso viaje interior.
 
Termino con un apunte sobre el Año de San José. El papa Francisco, con la carta apostólica Patris corde (corazón de padre) ha querido reivindicar el valor de su figura al cumplirse 150 años desde que fuera declarado patrono de la Iglesia Universal, pues fue el 8 de diciembre de 1870 cuando Pío IX le otorgó este título a través del decreto Quemadmodum Deus. «Un padre amado, un padre en la ternura, en la obediencia y en la acogida; un padre de valentía creativa, un trabajador, siempre en la sombra», así lo describe el papa Francisco de manera afectuosa, como es su estilo.




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