Todos los días para mí suelen ser frenéticos, siempre corriendo de casa al trabajo y viceversa, desempeñando múltiples tareas. Un miércoles, de camino a la oficina, me fijé en un hombre apoyado a la pared, de pie y bastante desaliñado. Me llamó la atención porque se estaba tambaleando mucho y pensé: ¡Madre mía, qué borracho está! Así que, algo molesta por ese espectáculo, seguí mi camino pensando en lo mío y con los minutos contados.
Al día siguiente volví a verlo en un lugar distinto, esta vez a las puertas de un bar y en la misma posición de día anterior: de pie, con la cabeza agachada, los ojos entrecerrados y tambaleándose. Y volví a pensar lo mismo: ¡Madre mía, este hombre va cada vez peor! Y seguí con lo mío.
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