logoIntroduzca su email y recibirá un mensaje de recuperación de su contraseña






                    




articulo

Las apariencias… engañan

Alejandra D. S.

No era un borracho, era un hombre con problemas de salud y sin trabajo.


pdf
Todos los días para mí suelen ser frenéticos, siempre corriendo de casa al trabajo y viceversa, desempeñando múltiples tareas. Un miércoles, de camino a la oficina, me fijé en un hombre apoyado a la pared, de pie y bastante desaliñado. Me llamó la atención porque se estaba tambaleando mucho y pensé: ¡Madre mía, qué borracho está! Así que, algo molesta por ese espectáculo, seguí mi camino pensando en lo mío y con los minutos contados.
 
Al día siguiente volví a verlo en un lugar distinto, esta vez a las puertas de un bar y en la misma posición de día anterior: de pie, con la cabeza agachada, los ojos entrecerrados y tambaleándose. Y volví a pensar lo mismo: ¡Madre mía, este hombre va cada vez peor! Y seguí con lo mío.
 
El tercer día, a eso de las ocho menos veinte, lo volví a ver acurrucado en un banco, con los ojos también entrecerrados, pero me di cuenta de que no estaba borracho, sino necesitado ayuda. Era una de esas mañanas frías a las que uno no está acostumbrado. Pregunté a unos y otros si sabían quién era ese hombre, pero todos me dijeron que no tenían ni idea de quién era ni lo que hacía allí. Así que compré algo de comer y se lo deje a mano en el banco. Yo lo miraba entre asustada e intrigada, pero él ni se dio cuenta de mi presencia y seguía con los ojos entrecerrados.
 
Como no podía entretenerme, seguí mi camino. Al cabo de un rato decidí volver atrás para ver si había cogido el bocadillo. Allí seguía el hombre con los ojos cerrados, la cabeza gacha y el cuerpo inclinado. Así que me fui. Ya cuando estaba a punto de enfrascarme en mis tareas laborales, me llegó un mensaje de mi hija, a quien le había contado el episodio: «Mamá, ¡se ha metido el bocata en el bolsillo!». Menos mal, me tranquilicé. Solo que al mismo tiempo me pregunté: ¿Cómo es posible que me quede indiferente ante una persona que tiene problemas tan evidentes?    
 
Telefoneé a mis padres, que viven cerca del lugar donde lo había dejado, les describí al hombre y les pregunté si lo habían visto en días anteriores. Me dijeron que no pero se ofrecieron a acercarse hasta el banco donde lo había dejado para llevarle una chaqueta y ropa de abrigo. Mientras tanto, se ve que otras personas habían contactado con Protección Civil y cuando estos llegaron encontraron a mi padre con el hombre. En todo el día no dejé de pensar en el rostro de sufrimiento de aquel hombre.
 
Le conté el episodio a una colega de mi trabajo y ella me dijo que conocía a la directora de un asociación que se ocupa de la gente de la calle. La llamó y esta le dijo que probablemente lo llevarían a la sede de su asociación. Luego supe que el pobre hombre no era un borracho, sino que se tambaleaba por que tenía las manos y los pies medio congelados. Ni siquiera se acordaba de su nombre y su situación era ciertamente lamentable. De un día para otro se había quedado sin trabajo a causa de la pandemia, tenía 52 años, estaba solo aquí, su mujer y sus cuatro hijos estaban en Ucrania. Y por supuesto su vida corría peligro. La asociación que lo acogió se hizo cargo de él, solo nos pidieron mantas y sobre todo que rezásemos. Comuniqué esa petición a mis amigos de la comunidad local y el mismo día me llegaron mantas y ropa de abrigo, y me aseguraron sus oraciones.
 
De esta historia me han quedado dos profundas impresiones. Por un lado, me queda el sentimiento de culpa por no haberme dando cuenta antes de la gravedad de la situación, pues habría podido levantado la voz de alarma los dos días anteriores, si no hubiera pensado que se trataba de un borracho. Por otro lado, me sentí feliz cuando mi hija me dijo: «Mamá, me has hecho sentir una sensación muy buena; cuando sea grande espero poder repetir tu mismo gesto ante mi hija para que sienta lo mismo que he sentido yo». Además pienso en aquellos ojos de sufrimiento y rezo, con la esperanza de que esta persona se recupere pronto y pueda abrazar a su familia, que no sabe nada de todo esto.
 
Ha sido una experiencia que me ha dejado una gran enseñanza: observar, ir más allá, no ponerle límites a la esperanza y tener más coraje habría supuesto menos sufrimiento para un ser humano. Mi lema ahora es: ir más allá sin pararme en las apariencias.
 




  SÍGANOS EN LAS REDES SOCIALES
Política protección de datos
Aviso legal
Mapa de la Web
Política de cookies
@2016 Editorial Ciudad Nueva. Todos los derechos reservados
CONTACTO

DÓNDE ESTAMOS

facebook twitter instagram youtube
OTRAS REVISTAS
Ciutat Nuova
Unidad y Carismas