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Esos refugiados que pasan frío…

Carlo Cefaloni

A las puertas de la Unión Europea, en su frontera oriental con Bosnia Herzegovina, miles de personas confinadas en condiciones inhumanas. 


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2021 ha comenzado, entre otras, con las imágenes de inmigrantes expuestos al frío en Bosnia. Es difícil organizar ayudas en un territorio marcado por las contradicciones causadas por las heridas de una guerra, como fue la de la ex Yugoslavia. Ya nos hemos olvidado de ella y seguimos diciendo que Europa vive en paz desde que terminó la segunda guerra mundial. Nótese que la estrategia política de la UE ha sido la de detener el flujo de inmigrantes por la ruta balcánica mediante un acuerdo de miles de millones con Turquía. Pero no obstante esa medida de fuerza, sigue habiendo una fracción de seres humanos en fuga que acaba topándose contra un muro en las fronteras de la Unión Europea.
Pietro Bartolo, un médico de Lampedusa elegido para el Parlamento Europeo, está tratando de ponerles rostro y darles voz: «Prevalentemente son jóvenes afganos, sirios e iraquíes. Proceden de países arrasados con la colaboración de los gobiernos europeos y somos incapaces de responsabilizarnos de ellos». Una opinión que ha cosechado no pocas adhesiones, entre ellas la del presidente del Movimiento Político por la Unidad a nivel internacional, Mario Bruno. Una intervención humanitaria con el fin de poder asentar dignamente a unas tres mil personas también la ha reclamado el Alto Representante de la UE para la política exterior y la seguridad, Josep Borrell, ofreciendo a las autoridades bosnias 3,5 millones de euros para levantar un campo de refugiados en Bihac, donde ya trabajan Cruz Roja y otras ONG.
Para atajar las causas que llevan a la formación de esta especie de limbo, donde se enredan las contradicciones en la gestión de las migraciones, y que periódicamente explotan, son necesarias opciones políticas concretas y difíciles. Un análisis detallado de la ruta balcánica lo ha elaborado la Fundación Migrantes, dependiente de la Conferencia Episcopal Italiana, pues el problema le toca muy de cerca. Entre sus objeciones destaca la práctica habitual de las «readmisiones sin formalidad», es decir, «el instrumento con el que, primero Italia y luego los demás países en la ruta balcánica, rechazan a los solicitantes de asilo, derogando los convenios internacionales y las mismas leyes europeas sobre el derecho de asilo». O sea que los migrantes que logran pisar suelo italiano «son entregados a la policía eslovena, luego a la croata y al final acaban en Bosnia, abandonados en capos de refugiados ruinosos y en medio de las montañas nevadas».
La abundante documentación producida por distintas organizaciones de la sociedad civil tiene la intención de conocer y entender, lo cual implica la necesidad de actuar en consecuencia a fin de atajar las causas de estas graves violaciones de los derechos humanos. Llamamientos como el de Bartolo a los gobiernos europeos que llevan a cabo ese rechazo ilegal en sus fronteras desciende a los detalles cuando propone que se «interrumpa toda acción de ese tipo y apliquen la legislación europea e internacional en materia del derecho de asilo y tutela de los derechos humanos».
Otra petición que hasta ahora ha tenido poca relevancia en los medios de comunicación, dirigida a la Comisión y al Consejo Europeo, es la de constituir no solo una misión humanitaria, sino predisponer «un plan extraordinario de acogida que prevea la distribución de las personas que llegan a Europa por todos los países miembros». Con ello se apunta hacia uno de los nudos no resueltos en la política europea y que pone en peligro la estabilidad de los gobiernos, pues persiste la convicción de que toda apertura en la política de acogida conllevará un efecto llamada en muchos otros migrantes en fuga, y en consecuencia aumentaría el consenso en las fuerzas nacionalistas sobre un peligro de invasión incontrolada. Así se explica, pues, que aun viendo que hay una porción de humanidad en peligro, persista la actual situación de estancamiento y resulte difícil encontrar soluciones políticas, todo ello agravado por los efectos sociales, económicos y sanitarios provocados por la pandemia. 
Aun así, dicen los promotores de estas medidas, este es el momento justo para cumplir con «el deber moral antes que legal de acoger a estas personas, de hacer valer las leyes que nosotros mismos hemos estampado en nuestras constituciones para proteger a quienes huyen de guerras, persecuciones y trato inhumano». Sin duda una propuesta exigente que hace bajar al ruedo la responsabilidad de los políticos y los lazos de fraternidad entre los seres humanos.




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