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articulo

Ser sacerdote, una opción contracorriente

Eduardo Ortubia

Quinta edición del encuentro internacional de seminaristas promovido por los Focolares.
«Nunca había visto tantos seminaristas tan francamente contentos», comentaba un participante sólo dos horas después de empezar el congreso. Y no era simplemente porque había comenzado con un rap: Where is the love? «Una buena noticia: no somos una categoría en extinción. Hace unas décadas había 50.000 seminaristas en el mundo, hoy son más de 72.000. Están aumentando, aunque no en Europa». Éste es el cuadro que trazó el teólogo Hubertus Blaumeiser, consultor del dicasterio vaticano para la educación católica y responsable del Centro Sacerdotal de los Focolares. Ante él, 492 seminaristas de los cinco continentes, reunidos los días 2 y 3 de enero en el Centro Mariápolis de Castelgandolfo en su quinto congreso internacional. «Ser sacerdote ya no ofrece una posición privilegiada –añadió–, requiere una opción contracorriente, una elección de Dios más profunda». Es ésta la aspiración de muchos jóvenes que se encaminan al sacerdocio, según un sondeo realizado por los mismos seminaristas de los Focolares en varios seminarios del mundo. ¿Qué tipo de sacerdote te gustaría llegar a ser? Respuesta: «Un comunicador de Cristo y no de mí mismo», «un buen pastor que ama y da la vida por todos», «alguien capaz de relacionarse con todos», «mediador entre las clases sociales»... Pero salen también muchos temores: «caer en el materialismo», «en el individualismo», «no estar a la altura de la misión» y de las exigencias que implica, incluido el celibato. Célibes, no solterones era el significativo título de una sesión de testimonios y reflexiones. El celibato no es afectividad reprimida, no es «una forma de vida reducida», sino «dilatada sobre un horizonte universal» que responde a las expectativas de una sociedad cada vez más cerrada en un individualismo que aísla en soledad y nos vuelve incapaces de abrirnos al descubrimiento del otro, como dijo Andreas Tapken, psicólogo y rector del seminario de Münster (Alemania). Durante este encuentro se presentó una propuesta para construir una trama de relaciones personales entretejidas por el amor evangélico: relación con Cristo, con el obispo y los demás sacerdotes, con toda la comunidad de fieles y, en definitiva, relación con la humanidad entera. Esta «múltiple y rica trama de relaciones» fue definida por el cardenal Zenon Grocholewski, prefecto de la Congregación para la Educación Católica como «la identidad del presbítero». «Habéis venido aquí para nutriros de una espiritualidad que la Iglesia ha reconocido como uno de los dones de Dios para la humanidad de hoy, una espiritualidad que os llevará a las raíces del amor». Y aquí el cardenal citó lo que Chiara Lubich dijo a los seminaristas hace diez años, cuando los invitó a hacer suyos «los dolores del mundo» como «Jesús en la cruz, que con el grito de abandono unió a los hombres con Dios y entre sí». Hay un camino. El reto de las relaciones humanas era el título del congreso. Un camino bendecido por Benedicto XVI en el afable saludo que dirigió a los seminaristas en la Plaza de San Pedro: «Acojo con alegría –dijo el Papa– a los numerosos seminaristas venidos de distintos países para el encuentro formativo del Movimiento de los Focolares. Queridos jóvenes, bendigo de corazón vuestro camino. Que la Virgen María vele siempre sobre vosotros». Es un camino que exige amar a todos, como Jesús, sin ninguna discriminación; ser los primeros en amar tomando la iniciativa, igual que él se hizo uno con nosotros, hasta vivir ese amor recíproco que hace posible la presencia espiritual de Jesús mismo cuando dos o más están unidos en su nombre. «Y Él trae una paz nunca antes experimentada, deseo de amar, espíritu heroico, luz; hace que se comprendan mejor las Escrituras, que se interpreten los acontecimientos», según palabras de Chiara Lubich en una conversación video-grabada. ¿Qué Dios para la humanidad de hoy?, ¿cómo comunicar a Dios en una sociedad secularizada? Estos interrogantes, que han sido el eje del congreso, han encontrado una respuesta en la presencia el Resucitado. Lo subrayaron numerosos testimonios de sacerdotes y seminaristas, como el de Paco Tomás, que en sus viajes cotidianos en tren teje una red de relaciones (ver Ciudad Nueva, nº 451, marzo de 2008), o el de Ad Verest, que ha visto reflorecer en Holanda la fe entre los jóvenes y nacer nuevas vocaciones, o el de Ruedi Beck, cuya comunidad multiétnica y multicultural de Basilea (Suiza), se está convirtiendo cada vez más en familia de Dios. Formar por todas partes “una red de unidad” fue la propuesta de la presidente de los Focolares, María Voce, en un mensaje que se hacía eco del mismo programa con el que hace 40 años, poco después del Concilio, Chiara Lubich dio inicio a lo que luego sería el Movimiento Gens (generación nueva sacerdotal), auspiciando que «con el espíritu de la unidad, los jóvenes seminaristas no sólo salvarán su vocación, sino que suscitarán durante el período del seminario una irradiación de unidad tal, que atraerán a muchos otros jóvenes». Como síntesis de estas jornadas, un concierto testimonio que evocó la figura de don Silvano Cola, primera piedra del Movimiento Sacerdotal de los Focolares, fallecido en febrero del 2007. Un modelo de sacerdote de hoy, profundamente arraigado en Dios y abierto al diálogo con todos. Estuve ayudando en los últimos preparativos, una oportunidad para ser concreto en el amor al prójimo: montar unas banquetas para el escenario, planchar las fundas de tela vaquera… Otros preparaban la escenografía, otros los vídeos que ilustraban las palabras de los ponentes, otros retocaban los textos, otros ensayaban números artísticos… Todos colaborando; con una sonrisa, sin pausa, pero sin prisa. El “crescendo” de alegría y unidad iba al ritmo de los temas, breves pero incisivos, de las experiencias y los momentos artísticos que hilaban lo uno con lo otro. Un congreso construido entre todos. Tuve que contar mis “saludos en el tren”, junto con un suizo que también había tejido una red de relaciones personales en su parroquia, y un holandés que ha formado grupos de jóvenes que viven a fondo la Palabra. Me dijo luego un corso: “Era un espectáculo veros a los tres. Decíais lo mismo, ¡pero qué distinto era lo que cada uno contaba! Todo era amor al prójimo, pero desplegado de manera distinta.” Los temas previos a estos testimonios (Una nueva dimensión de la mística: Dios en las relaciones interpersonales y La presencia del Resucitado entre los que están unidos en su nombre) me hicieron darme cuenta de las “cargas de profundidad” que llevaban esas tres experiencias que íbamos a contar; me hicieron saborear el trasfondo divino y la reciedumbre teológica que se esconde tras los sencillos lemas de cada palabra de vida. Verdaderamente en el amor recíproco que conduce a la unidad está todo. Todos, hasta los más nuevos, estaban felices. Como colofón, el encuentro con el Vicario de Cristo: ángelus con el Papa en San Pedro. Se le pudo ofrecer visiblemente, y no sólo por las pañoletas coloreadas que agitábamos, que “muchos” pueden ser “un solo cuerpo” unidos por la caridad concreta. Además, ¡precisamente eso es la Iglesia! Paco Tomás


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