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Chiara Lubich y la revolución de la comunión de bienes

Por Victoria Gómez


La norma es: todo en común

Escribe el economista Luigino Bruni: «"Soy rico, no necesito nada" (Ap 3, 17). Aquí está el gran engaño, la tremenda ilusión de la riqueza en su seductora oferta de autosuficiencia e independencia, en la falsa promesa de que con ella no necesitaremos a nadie. Ni siquiera a Dios». Trama de vicios y virtudes, en el suelo de la economía crecen monedas buenas y malas. Solo dentro de las relaciones humanas concretas revelan su naturaleza. Eran monedas las treinta de Judas, beneficio del peor comercio de la historia; y eran monedas las dos del samaritano, en su acción de proximidad. Añade Bruni: «Si cancelamos el destino universal de los bienes, perdemos el significado profundo del vínculo entre todas las personas. Y dejamos de sufrir por la pobreza, condenando a los pobres como culpables». Chiara rescata con profecía el dinero y los bienes como medios necesarios para la fraternidad universal. Sus palabras han formado y forman conciencia y praxis de generaciones, sobretodo de jóvenes. Siguen pasajes de su exigente intervención en el Congreso gen internacional el 25 de julio de 1968.1 
 
««Revolución significa cambio, renovación desde la raíz. […] La fuerza de nuestra revolución es únicamente el amor. ¿Pero como se concreta este amor en nuestra vida? […] Nuestro amor no es sentimentalismo, ni entusiasmo, ni tampoco activismo. Es algo muy concreto, que debe expresarse en todos los aspectos de nuestra existencia, de modo que revolucione cualquier acción de un gen y demuestre que es un joven movido siempre por un ideal. […]

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