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articulo

Diálogo itinerante

Fabio Ciardi

Experiencia ecuménica e interreligiosa en el 27º encuentro de obispos amigos de los Focolares en los lugares donde nació el cristianismo.
El golfo de Jounieh, una fiesta de luces que brillan en la noche. Día histórico: el presidente de la república libanesa ha invitado a los representantes de las distintas facciones para proponerles un plan de diálogo y unidad nacional. Ese mismo día –feliz coincidencia– otro acontecimiento tenía lugar también en Beirut, comenzaba el 27º encuentro ecuménico de obispos amigos del Movimiento de los Focolares: 32 obispos de 16 Iglesias y de 16 países. Estos obispos, como hermanos que son en el episcopado, son capaces de acoger y comprender lo que están viviendo las Iglesias de los demás, y a lo largo de la semana visitarán a otros cuarenta obispos y patriarcas del Oriente Próximo. El obispo Abou Zakhem, metropolita de Homs (Siria), hace una presentación dramática de la Iglesia greco-melquita ortodoxa. Expresa el gran dolor que significa la sangría de cristianos que se marchan de Oriente Próximo. Se está produciendo un éxodo constante hacia Norteamérica, Sudamérica, Australia y Europa, lo cual conlleva una pérdida de identidad en estos cristianos cuando llegan a su destino, y el empobrecimiento de esta tierra donde el cristianismo nació y se desarrolló a lo largo de la historia. Antes de que empezara el éxodo, los cristianos del Líbano eran el 70% de la población, frente al 30% de musulmanes. Ahora la proporción se ha invertido. Es una hemorragia de “petróleo blanco”: médicos, ingenieros, personas de toda profesión que se marchan nada más licenciarse. Una verdadera fuga de cerebros, la sangría de una nación. Y esta tragedia la sufren en lo más hondo los obispos y patriarcas, como padres del pueblo que son, estrechamente unidos a su gente. Estos encuentros ecuménicos se caracterizan sobre todo por el conocimiento mutuo. Esta vez, además, es una reunión itinerante por distintas sedes: la del patriarca maronita, la del armenio-católico, que recibe a los obispos rodeado por su sínodo, la del armenio-apostólico de Cilicia, la de los obispos de la ciudad de Zahle, y también el monasterio greco-ortodoxo de Deir el Harf. «La Iglesia es una –se dice una y otra vez– aunque sus manifestaciones y expresiones son múltiples». Y eso mismo lo experimentamos en las celebraciones litúrgicas según los ritos más variados: en árabe, en arameo, en griego, en sirio… Es impresionante el diálogo fluido, enteramente cantado, entre el celebrante y el pueblo, melodías con una cadencia dulce que recuerdan el paisaje libanés. Cuando estuvo es esta tierra, Juan Pablo II escribió que, gracias al rico mosaico de culturas y religiones, el Líbano no es sólo un país, sino un mensaje: «El Líbano no sería el Líbano sin la convivencia de cristianos y musulmanes; perdería su identidad». El diálogo ecuménico, pues, se abre al diálogo interreligioso y vive intensos encuentros con los principales líderes musulmanes: el jeque vicepresidente del consejo superior de los chiíes del país, el muftí sunita y el jeque supremo druso. Un ministro del gobierno, musulmán chií, comunica a todos los presentes una convicción personal: en un mundo que crea nuevos ídolos y que adora el poder y el dinero, los creyentes de todas las religiones están llamados a dar testimonio juntos del Dios verdadero y único, y a rechazar toda violencia. «En el Líbano –dice el obispo Christian Krause, ex presidente de la Federación Luterana Mundial– tenemos un modelo de gran esperanza para el futuro. Tendremos que reflexionar sobre cómo llevar esta experiencia a Europa y a Estados Unidos, de manera que la unidad de los creyentes se fortifique».

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