Nos atrajo el haberla contemplado así, con el alma, y nació en nosotros un amor nuevo por ella. Amor al cual ella respondió evangélicamente manifestando más claramente a nuestra alma lo que la hacía altísima: el ser Madre de Dios, Theotókos. Bastó una mínima intuición de este misterio para que enmudeciésemos en adoración, dando gracias a Dios por haber obrado tanto en una criatura.
Es decir, María no era solo –como pensábamos anteriormente– la jovencita de Nazaret, la criatura más hermosa del mundo, el corazón que contiene y supera todos los amores de las madres del mundo: era la madre de Dios. Ella se nos presentaba en una dimensión que hasta entonces había permanecido completamente desconocida para nosotros, y era como si la conociésemos por primera vez.
(…)
En efecto, María es Madre de Dios porque es madre de la humanidad de la Persona única del Verbo, que es Dios, el cual quiso hacerse hombre. Pero el Verbo no se puede concebir nunca separado del Padre y del Espíritu Santo. El propio Jesús, hijo de María, le dice a Felipe cuando le pide que les muestre al Padre: «El que me ha visto a mí, ha visto al Padre… Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14, 9-10).
María, a la que contemplábamos contenida en la Trinidad, se nos mostraba también conteniendo a la Trinidad de un modo suyo particular, a causa de su Hijo.
(De una charla a un grupo de obispos, 16 de febrero de 1987)
Sí, es cierto que ella está contenida por la Trinidad, pero yo ayer la vi
[…] conteniendo en sí todo el cielo. Fuera, el cielo estaba de un azul nunca visto… Entonces comprendí: ¡el cielo contiene el sol! ¡María contiene a Dios! Dios la amó tanto que la hizo Madre de Él, ¡y su Amor lo empequeñeció ante ella!
(De una carta a Igino Giordani, 19 de julio de 1949)
Vi a María tan grande –enorme– como si tuviese los pies en la tierra y la cabeza en el cielo: la impresión inmediata fue esta. Cómo sería que pensé que hasta entonces no la había conocido según la fe, y suscitó en mí un profundo cambio. […]
Verdaderamente Dios amó a María como a sí mismo: Él, que en la Trinidad es el Padre del Verbo, en la encarnación hizo de María la Madre del Verbo, la Madre de Dios. Aquí radica toda la grandeza de María.
(De una charla en Flüeli, Suiza, 9 de agosto de 2000)