Todas las enfermedades psíquicas tienen su origen en no aceptar la realidad.
Tomemos, por ejemplo, a la persona que se va de vacaciones a la montaña. Se despierta por la mañana con un tiempo fatal e inmediatamente se queja: «¿Para esto he venido yo aquí, para encontrarme con este tiempo? ¡No vuelvo más!». Resultado: el tiempo no cambia pero él se queda de mal humor y amarga el día a toda la familia.
Imaginemos ahora a otra persona que sí sabe aceptar la realidad. Al despertarse por la mañana reaccionará de manera realista y serena, y se dirá: «Es lo que hay. No te dejes comer la moral. El día puede ir bien aunque llueva». Esta persona tiene una «serenidad dinámica», garantía de equilibrio para él o ella y contagiosa para los demás.
Leer más