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¡Pena ninguna!

Ana Moreno Marín

Una historia que contar
¿Es posible morir dignamente y hacer una experiencia profunda al final de la vida, cuando la enfermedad te postra en una cama o te degenera hasta la dependencia total? Toñi, una granaína de pura cepa, de ojos cristalinos y amplia sonrisa, nos demuestra con su experiencia que sí es posible. Su madre padeció los últimos cinco años de su vida infartos cerebrales que la fueron dejando inmóvil y totalmente dependiente. Ella, que había sido incombustible y siempre estaba pendiente de todos. ¿Cómo se acepta una situación así? Toñi asegura que Dios le dio fuerzas y una gracia especial: «Jamás se quejó y aceptó todo con heroicidad. Al ver que no mejoraba con la rehabilitación, no se quejó. Vivió los años de enfermedad con una serenidad profunda y aceptó el quedarse inmóvil… A mí personalmente me ayudó mucho». Para toda la familia también supuso dar un paso; no es fácil y exige un gran esfuerzo. ¿Por qué no llevarla a una residencia? «Los cinco hermanos nos reunimos para ver qué hacíamos. Ella me confesó que prefería estar en su casa. Entendí que tenía que amarla como quería ser amada, a pesar de la gran responsabilidad y de sentirme incluso incapaz. Fue un momento difícil entre nosotros, pero al final vimos que, por amor a ella, teníamos que llevarla a su casa. Contratamos a una persona por las mañanas y todas las tardes y fines de semana hicimos turnos. Nos supuso un gran esfuerzo». El amor era tan fino que, cuando tocaba cambiarla, Toñi y su hermana acudían también cuando no era su turno. «Era una forma de que mis hermanos se sintieran amados y de respetar el pudor de mi madre», asegura. Pero con tanto turno, ¿no se resiente la situación familiar y personal? Toñi dice que fue muy especial cómo lo vivió en casa con sus hijos y su marido. «Paco, sobre todo, me suplió en todo. Cuando me tocaba el fin de semana, él hacía la comida y me la llevaba, también para mi hermano, que estaba enfermo y vivía con mi madre. Así todo se hacía llevadero», asegura. Los últimos dos años, los infartos le fueron quitando a la anciana movilidad y expresión. ¿Por qué no plantearse la eutanasia, si no se podía mover, si estaba postrada en la cama y apenas podía hablar? «La última etapa fue muy dura –recuerda Toñi–. No la podíamos levantar y sólo la cambiábamos de postura cada hora. Ella, que era consciente de su situación, me dijo un día: “Qué pena, cuánto os estoy haciendo sufrir”. “¡Pena ninguna!”, contesté yo. Para nosotros era una alegría enorme que estuviera allí. Siempre intentamos que no notase nuestro cansancio y estar contentos y amarla en cada momento». De hecho, Toñi asegura que ésa fue la experiencia más positiva para todos: el sentir que todo es amor de Dios. «Esta convicción nos hizo ver todo con normalidad. Por tanto, era implanteable pensar en la eutanasia. La vida es un don de Dios y todos tenemos nuestro momento de morir». Como dice Toñi, la experiencia fue realmente fuerte: «Humanamente no es fácil ver sufrir a tu madre, pero estaba convencida de que Dios tenía un designio de amor para ella y para nosotros. Realmente fue una experiencia que vivimos todos juntos. Era bonito compartir con mis hermanos y algunas amigas las tareas, como Laura, que es farmacéutica, o Mª del Carmen, la enfermera… No estábamos solos y eso cambió el corazón de mis hermanos. La habitación de mi madre era como un sagrario. Tuve la suerte de estar a su lado el día en que partió. Le hablé de que María la iba acoger, que se abandonara en las manos de Dios. Fue un coloquio profundo y terminé rezando un Avemaría. Al rato murió». Visto de esta forma, el dolor y la muerte adquieren un sentido que va más allá de lo humano, pero además en este caso ha unido más a la familia y ha sido un testimonio de amor hasta el último momento, incluso para los alumnos del colegio donde da clase Toñi: «Sí, lo ves con otra dimensión liberadora porque viene de Él. Ha sido vivir con ella su santo viaje en cada momento, y era sagrado: “Bienaventurado el que encuentra en ti su fuerza y decide en su corazón el santo viaje”. Nos ha hecho vivir en Dios, como en una nubecilla, como decía Chiara. Y lo que vives lo transmites con tu vida. En mi colegio no se explicaban cómo estaba siempre contenta, “con tu situación”, me decían. Ha sido un testimonio grande. Había momentos en que me decían: “Tienes suerte porque crees en Dios”. Este vivirlo desde lo sobrenatural les llegaba a todos. Un día, hablando con mis alumnos de la población pasiva, una me dijo: “No le debo nada a mis padres porque no me preguntaron si quería nacer… cuando sean mayores está la eutanasia”. Me dejó impresionada; paré la clase y les conté mi experiencia con mi madre. La conversación fue dura y duró mucho. Te puedo decir que a partir de ese momento se hablaba de los ancianos de otra manera. Y nosotros le damos a Él las gracias por la experiencia que hemos vivido».


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