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articulo

La “fiebre amarilla”

Ezio Aceti (psicólogo)

Hablemos del tema Los Simpson, la familia más desvencijada y famosa del mundo. Luces y sombras de un fenómeno que gusta a grandes y pequeños.
Mucho se lo han tenido que pensar. Digo: todo un equipo de psicólogos y expertos en ciencias sociales y técnicas de mercado que una gan multinacional reunió para monitorear el comportamiento de la juventud italiana. Buscaban una etiqueta que explicara de manera clara y directa un fenómeno preocupante que tenemos delante de las narices; a saber: la degradación de las relaciones entre padres e hijos. Lo habían estudiado mucho, conocían bien causas y efectos, pero ¿cómo llamarlo? Muy fácil. Al final lo bautizaron: “efecto Homer Simpson”. Y es que nada como ese rostro amarillo, gomoso, abúlico e iconoclasta del padre más famoso de “Cartoonia” resume mejor los nefastos resultados de una relación invertida entre un padre en retirada y su ingobernable prole. Ya no hay respeto, los roles se confunden, las reglas parecen hechas para saltárselas y el haragán de Homer (36 años y un cerebro de crío) podría muy bien ser tomado como modelo de una sociedad que ha celebrado la (presunta) muerte de aquella polvorienta institución que es la autoridad de los padres. Nada mejor que lo que ocurre en casa de los Simpson puede explicar esa peligrosa degradación. Bart, ese hijo hediondo, más travieso que el rabo del diablo, nunca es castigado y llama a su padre por su nombre, como si fuera un compañero de fechorías. Y él, que es un inepto peligrosamente empleado en la central nuclear del lugar, en vez de poner orden en casa se escaquea del trabajo, pierde el tiempo en la salita de casa y pasa perezosamente la jornada cebándose con galletas y tragando cerveza, desparramado en su poltrona y alelado porque se pasa las horas delante de la tele. No es sorprendente que sociólogos y filósofos se hayan trasladado hasta el imaginario pueblo de Springfield para encontrar la confirmación de sus hipótesis. Desde hace veinte años, es decir desde 1987, cuando Matt Groening y James L. Brooks pusieron en onda la primera serie de cortos de un minuto de duración sobre la vida de esta disparatada familia, el mundo se refleja en esa casa de dibujos animados, donde al lado de Bart y Homer viven Marge, la madre protectora, frustrada y guardiana de la moralidad perdida; Lisa, una hija resabida, snob y radicalmente chic que toca el saxo, y Maggie, la hermanita recién nacida que se pasa todo el tiempo con el chupe en la boca. La sociedad en crisis sonríe amargamente mirando la decadencia de los Simpson y se pregunta con terror si esos cinco rostros amarillos son culpables o sólo víctimas de todo lo que no funciona a su alrededor. O sea, a nuestro alrededor. El que los creó, optó por darlos a luz “políticamente incorrectos”, inconformistas porque sí; es decir, exactamente lo contrario de esa imagen débil y algo “buenona” de la familia americana habitualmente retratada en la tele y el cine. De ese modo, sin duda apostó por que la carcajada irreverente y la mueca urticante fueran la porra para arrearle a la hipocresía. El vacío existencial de los Simpson es una de las denuncias más despiadadas de la mediocridad, de los subterfugios y las mediastintas del estilo de vida americano, y en el fondo de todas nuestras costumbres. Los Simpson tienen casa con garaje y jardín; por fuera parece una familia típica, pero por dentro su vida está completamente marchita. Y en la trituradora de los casi cuatrocientos episodios ya producidos acaba cayendo de todo: el negocio mediático, la cultura de masas, el sistema educativo, la democracia representativa, la religión... En una escena de “la película”, Homer toma la Biblia en sus manos y dice: «Este libro no da ninguna respuesta». Al principio, Bart, vándalo y deslenguado, armado con su tirachinas y siempre encima de su skate board, fue señalado como un pésimo ejemplo para los chicos, y las camisetas con su mantra (“Chúpate el calcetín”) fueron eliminadas de las escuelas americanas.

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