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¿Última oportunidad?

Aurora Nicosia y Julio Márquez

Del 30 de noviembre al 11 de diciembre tendrá lugar en París una nueva cumbre sobre el clima. Objetivo: mantener el calentamiento global por debajo de 2°C.


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En los últimos 150 años la temperatura del alcanzar un acuerdo vinculante y planeta ha subido 1°C con efectos ambientales evidentes. Para convencer a los políticos de que hay que tomar medidas contra el calentamiento global, la NASA ha hecho una proyección en detalle, zona por zona, de los desastres que ocurrirán antes de 2100: inundaciones, sequías, olas de calor, escasez de alimentos...

Hablamos de estos temas con John Mundell, geólogo e ingeniero norteamericano que desde hace treinta y cinco años se dedica al asesoramiento medioambiental.

–¿La cumbre de París es la última oportunidad?

–Nunca es demasiado tarde, aunque muchos científicos dicen que estamos llegando a ese punto crítico de «no retorno». A diferencia del protocolo que se firmó en Kyoto en 1997 y entró en vigor en 2005, esta vez los objetivos serán «medibles» y tendrán unos «plazos definidos». Por eso en París hay que

universal sobre el clima, con el fin de reducir las emisiones de gas invernadero para evitar que la temperatura de la Tierra aumente más de 2°C de aquí a 2050.

–¿Qué ocurre cuando el planeta se calienta?

–Si sube la temperatura, disminuye la humedad del terreno, las plantas sufren y los cultivos se debilitan. Las sequías provocan hambre, como sucede ya en grandes extensiones de África, desórdenes sociales y migraciones masivas. Además, se calientan la atmósfera y los océanos, se derriten la nieve y el hielo de glaciares y zonas polares, y sube el nivel del mar, que invade las ciudades costeras y sumerge las islas del Pacífico,

–¿Cuáles serán los principales obstáculos para que se cumplan los acuerdos?

–Antes que nada el consumismo, que incita a comprar sin necesidad. En consecuencia, se produce más de lo necesario, generando contaminación y residuos. Y luego, el individualismo de cada país, que antepone sus intereses, cosa difícil de evaluar ya que cada uno tiene su propia situación medioambiental, económica y social. En general, se puede decir que hasta que uno no se ve afectado por un desastre ambiental, sigue viviendo como siempre.

–¿Las energías renovables son la solución?

–Son importantes pero no bastan. Primero hay que educar a respetar el medio ambiente, luego promulgar leyes rigurosas para protegerlo y desarrollar una tecnología menos contaminante. Y también fomentar ideas creativas que permitan a la gente colaborar con el ambiente de modo sencillo, como por ejemplo el reciclaje. En los últimos años se han dado progresos, somos más sensibles ante los problemas medioambientales y sabemos que es urgente minimizar el impacto que tiene la actividad humana en el planeta.

–¿Se define ecologista?

–Mi trabajo consiste en resolver problemas ambientales. Asesoramos a las empresas para que adopten medidas sostenibles, como instalar paneles solares o reducir el consumo de agua. También apoyamos las acciones cuyo objetivo es cuidar la naturaleza, como es la iniciativa

EcoOne de los Focolares. En casa hemos optado por un estilo de vida menos consumista, lo cual se traduce en comprar ropa solo cuando es necesario, adquirir alimentos producidos localmente, etc.

–¿Qué le pareció la encíclica Laudato si’?

–Su lenguaje es comprensible y por tanto llega a la gente. Le da una gran importancia a la naturaleza, que no ve separada del hombre, sino íntimamente ligada a nuestra vida. Es significativo el modo en que une la protección del medio ambiente y la solidaridad con los pobres. La Tierra es nuestra casa y nos pertenece a todos y cada uno.



Desde 2007 las emisiones de anhídrido carbónico (CO2) de los países desarrollados (OCDE) se han visto superadas por el conjunto de los demás países. Es más, mientras las emisiones de los países de la OCDE se han estabilizado, las de los demás tienden a crecer, especialmente China. Después que Occidente ha saturado la atmósfera con gases de efecto invernadero, ahora resulta fácil culpar a los países emergentes y pedirles que frenen su desarrollo. Por otro lado, repartidas por habitante, las emisiones de Occidente superan con creces a las de los países emergentes.

El petróleo y el gas que se obtienen mediante un proceso de fractura hidráulica de las rocas que lo contienen (fracking) ha reducido el consumo de carbón y por tanto la emisión de anhídrido carbónico, pero el fracking requiere (y contamina) mucha agua dulce y libera gas metano.

Y el gas metano es muy nocivo. Si aumentase un 2% o 3%, casi duplicaría el efecto invernadero.

El metano también lo produce la descomposición de sustancias orgánicas, sobre todo durante la digestión de vegetales y cereales en el estómago del ganado bovino. Al crecer su nivel de vida, en los países emergentes se ha disparado el consumo de carne bovina, la carne que la naturaleza produce del modo más ineficaz, ya que para producir un kilo de carne de vaca se requiere ocho kilos de cereales, mientras que para producir un kilo de carne de cerdo bastan cuatro kilos, y para la de pollo bastan dos.

¿Qué puede hacer un occidental por el medio ambiente? Reducir el gasto de calefacción aislando bien las casas, instalar paneles solares y miniturbinas eólicas, ir en bicicleta o a pie, usar vehículos híbridos y... renunciar a algún filete.

Alberto Ferrucci



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