La aparición el pasado mes de mayo del primer caso de difteria en España desde 1987 ha avivado un debate –tan de actualidad en los últimos diez años– que cuestiona el dato científico. Me refiero a que las vacunas protegen, son seguras y eficaces.
Los mitos más extendidos en torno a la no inmunización de los niños para enfermedades como la varicela, el sarampión o la rubeola son variados: desde los nocivos efectos secundarios, a corto o largo plazo, a la no necesidad de vacunarse, bien porque hoy hay mejores condiciones de higiene y saneamiento y esas enfermedades están erradicadas o bien por especular que las enfermedades de la infancia son inevitables. El caso es que muchas personas dudan de la eficacia de las vacunas.
Se observa un creciente movimiento antivacuna, especialmente en algunos sectores de la población. No obstante, los problemas de cobertura responden más a motivos de exclusión social que a razones ideológicas. Esto hace que la cifra de inmunización haya caído en casi tres puntos desde 2011, según datos del Ministerio de Sanidad.
Es importante resaltar que, entre todas las medidas de prevención sanitaria, la vacuna es la más costo-efectiva para la salud y muy beneficiosa. El beneficio revierte en el propio individuo, al ofrecerle protección, y también en toda la población, pues con determinadas tasas vacunales (inmunidad de grupo) se facilita que la enfermedad deje de circular.
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