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Amor que va y que viene




Hace dos años me vi envuelta en una situación muy difícil. Por fidelidad al Evangelio y dar gratis lo que gratis había recibido (cf. Mt 10), decidí apoyar a una persona que tenía que pagar una importante deuda. Dado que tengo un trabajo fijo como enfermera y mi marido también tiene trabajo, aunque un poco precario, creímos poder salir adelante sin excesivas dificultades.

Pero se dio la circunstancia de que justo entonces Hacienda nos reclamó errónea e injustamente mucho dinero. Por otro lado, debido a los reajustes que causó la crisis económica, mi sueldo se redujo en una cuarta parte. Así que de repente, los pagos que tenía que afrontar superaban con creces los ingresos. Estaba desesperada, casi a mitad de mes ya no me quedaba dinero para que mis hijos cogieran el metro para ir a clase ni tampoco para comer... Y no podía contarle a nadie lo que me estaba pasando, pues así se lo había prometido a la persona a quien estaba ayudando.

Una mañana, sola en casa, mientras rezaba sin poder parar de llorar, me llamó por teléfono una amiga de la comunidad de la que formo parte. Le conté la angustia que sentía y ella, con un infinito amor de madre y plena confianza en mí, hizo suyo mi problema sin querer saber los detalles. Habló luego con varias personas y durante unos meses me estuvieron ayudando a llegar a fin de mes. También otras amigas que se enteraron de la situación, lo mismo; sin preguntar ni juzgar me traían merienda para mis hijos o me hacían algún regalo. Un día vino Mari y me dijo: «Ayer fue mi cumpleaños y me regalaron 50 euros. Son para ti». Aún se me saltan las lágrimas cada vez que me acuerdo de estos momentos en que me he sentido tan amada y con tanta delicadeza. Jamás lo olvidaré.

Mis hijos en ningún momento exigieron saber por qué estábamos en esa situación. Lo aceptaron e intentaron ahorrar por todos los medios, en ropa, libros... Se las apañaron para salir con sus amigos sin gastar, y en ningún momento les entristeció no tener regalos de reyes o de cumpleaños...

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