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Natalia, la primera después de Chiara

Catalina Ruiz

En la aventura de la unidad La primera que siguió a la fundadora de los Focolares ha sido también la primera en alcanzarla en la otra vida. Su papel en la difusión del ideal de la unidad al otro lado del Telón de Acero y en el diálogo interreligioso fue determinante.
Eran tiempos de guerra en Trento. Natalia, reunida con otras chicas en la sala Massaia, está escuchado las palabras nuevas de un ideal “que ninguna bomba puede derrumbar”. Quizás no se daba cuenta de la enorme repercusión que tendrían esas palabras. «Fijar la mirada en el único Padre de muchos hijos –decía Chiara– y ver a todas las criaturas como hijos del único Padre. Ir con el pensamiento y el afecto más allá de los límites que impone la naturaleza humana y tender constantemente, y por convicción, a la fraternidad universal en un solo Padre, Dios». Son palabras sacadas de aquel pequeño tratado que alguien definió como “inocuo”. ¡Quién sabe! El caso es que fue esa “mirada” la que guió sus pasos durante los años que vivió tras el Telón de Acero; y más tarde la guiaría por el camino del diálogo interreligioso, que empezó en los Focolares de forma oficial el año 1977. Natalia tenía 19 años cuando se cruzó en su camino una joven de 23, Chiara Lubich. Fue en Trento, en junio de 1943. Por motivos de trabajo comercial de su padre, su familia se había mudado desde Fornace, el pueblecito de montaña donde había nacido. La adolescencia fue tranquila hasta que su padre murió a causa de una grave enfermedad, con tan sólo 47 años. Ella y su hermano mayor tuvieron que ponerse a trabajar, aunque seguían yendo al colegio, pues tenían tres hermanas más pequeñas. En casa no faltó nunca lo necesario, pero ella sufría mucho por la ausencia de su padre, a quien siempre se había sentido muy unida. Lo recordaba como un tipo «alegre, vivaz, amante de la vida y del trabajo», y con una particular predilección por esta hija tan serena, a la que le gustaba la música y la pintura. Natalia atravesaba un momento crítico de su vida. El sufrimiento había purificado su corazón y le había dilatado el alma. De hecho, Chiara encontró en ella un cáliz vacío que acogió sin reservas las primeras intuiciones del carisma de la unidad. Y esa capacidad suya de escuchar sería lo que más tarde animó a Chiara a confiarle el aspecto de la oración y de la vida espiritual de todo el Movimiento.

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