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Niños que apadrinan niños

Javier Rubio

Un grupo de chicos de Bilbao apadrina a distancia desde hace siete años.


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Un correo de Nagore activa las alarmas: «¡La chocolatada!» Esta chica es un portento. Y los demás también. Erika, Josu, María, Íñigo, June... No, no es una «quedada» para ir a tomar chocolate, sino para preparar una buena cantidad (unos treinta litros) y ofrecerlo «por la voluntad». O sea una «chocolatada benéfica», cuya recaudación será destinada a costear los estudios de la niña filipina que tienen apadrinada desde hace siete años. Algunos de este grupo de bilbaínos ya han cumplido los 18, pero cuando empezaron de «padrinos» eran solo unos críos. No deja de ser emotivo: niños que apadrinan niños.

Algo de historia. Había una vez un catequista, de nombre Enrique, preocupado porque después de hacer la primera comunión, los chicos no volvían a aparecer por la parroquia. El asunto le escamaba bastante: ¿qué hacer? Expuso su inquietud a varios amigos y surgió la idea de ofrecer a los chicos un ámbito en el que poder seguir cultivando una amistad sólida y vivir los valores cristianos. Fue la génesis de lo que hoy es el grupo de Chicos por la Unidad de Bilbao, que gira en torno a la parroquia del Santísimo Sacramento, en el barrio de Zurbaran. Desde entonces ha llovido un poco, y algunos de los chicos se han hecho grandes, mientras han ido almacenando en su corta historia un interesante bagaje de experiencia y vida: encuentros semanales, convivencias, campamentos de verano, viajes...

Pero volvamos al apadrinamiento. Supuso un salto cualitativo por el hecho de mirar más allá de las lindes de su barrio, su ciudad y su país. Se trataba de ayudar a costear los estudios de una niña filipina, Christhel Joy, nacida en 1999 en Calii (Tagaytay), a unos 65 km. de Manila. Es la menor de cinco hermanos y hoy tiene 15 años, o sea, la misma edad que algunos de sus padrinos.

Christhel recibe ayuda para sus estudios del Centro Social Pag-asa, que surgió por iniciativa de los Focolares, y una de sus fuentes de financiación es precisamente los apadrinamientos que llegan de todo el mundo. En febrero de 2008 el grupo de Chicos por la Unidad de Bilbao se comprometió a enviar la suma de 360 euros anuales para financiar los estudios de Christhel. Para ello realizan actividades a lo largo del año, como el mercadillo de objetos donados durante las fiestas del barrio, o la chocolatada que decíamos al principio. Por cierto, cabe señalar que en esta ocasión han contado con la valiosa colaboración de los jóvenes de otra parroquia vecina, la de Begoña.

El Centro Social Pag-asa mantiene informados a los padrinos sobre sus apadrinados, y los padrinos también suelen enviar correspondencia, lo que establece una fuerte relación entre ellos. Ya en noviembre de 2008, cuando la niña estaba en segundo de primaria, informaron de que «Christhel Joy colabora en las tareas de casa. Es muy tímida y no sonríe fácilmente a los extraños. Tiene una familia muy trabajadora. Son muy pobres».

Un año después decían que «en estos tiempos de crisis administran muy bien su dinero comprando sólo lo necesario para cubrir las necesidades básicas. María (la madre) hace caramelos de piña que sus hijos venden en la escuela. También los distribuye en cinco tiendas del barrio. Además vende pan y refrescos en el lugar donde va a trabajar su esposo. Con eso complementan sus ingresos. Su marido vigila durante la noche la maquinaria de la obra. Cuando un miembro de la familia cae enfermo, no saben de dónde sacar dinero. Tienen que recurrir a sus vecinos y pedirles prestado».

La misma Christhel escribe: «Ahora es temporada de lluvias. A mí me gusta la lluvia porque refresca la temperatura dentro de mi clase. Estoy intentando dar lo mejor de mí misma para finalizar mis estudios y poder ayudar a mis padres en el futuro». Y en otra ocasión: «Gracias por confiar en mí. Me voy a empeñar con todas mis fuerzas en los estudios. Los exámenes han sido difíciles, pero me alegra poder deciros que los he aprobado todos, y con una media entre 80 y 88 sobre 100. La verdad es que me he esforzado mucho para no echar a perder todo lo que he estudiado».

Los chicos bilbaínos, por su parte, le escriben a Christhel: «Estamos orgullosos de ti viendo cómo vas en los estudios. ¡Felicidades! Si sigues así, seguramente llegarás a ser una gran profesional y podrás ayudar a los tuyos».

Es solo un ejemplo, pero da esperanza. Gracias a este apadrinamiento, estos chicos de Bilbao se están acostumbrando a tener la mente abierta al mundo entero. La solidaridad para ellos no es solo un concepto estudiado en la escuela o aprendido por televisión, sino adquirido a través de la correspondencia de una niña con rostro que se dirige a ellos personalmente. Sin duda, la experiencia los marcará.




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